Aprendiendo a acompañar experiencias

Mar Vizcaíno Cortés. Equipo educativo del centro de acogida de menores La Salle-Amigó (Fundación Amigó). Paterna. Valencia

Una de las preguntas que más suele hacernos la gente a los educadores sociales que trabajamos con menores es: ¿y conseguís ayudar a los niños? Lo cierto es que es una buena pregunta, ya que nosotros mismos nos la hacemos constantemente…

Podría decirse que, entre otras cosas, nuestra profesión consiste en acompañar procesos de cambio, no sólo porque nuestros chicos y chicas tengan dificultades a superar, sino porque infancia y adolescencia son sinónimos de evolución. Un día escogimos desempeñar esta labor porque creemos en las personas y nos gusta estar a su lado planteándoles retos y luchando con ellas para alcanzarlos. Desafortunadamente, por mucho que nos esforcemos, nuestra ayuda no siempre es bien recibida o aprovechada, pues hay muchos chavales que experimentan fuertes resistencias, falta de motivación e incluso beneficios secundarios de la situación que están viviendo.

Cuando vemos que un chico o chica no avanza, se queda estancado o incluso retrocede, y no conseguimos lo que queremos, afloran en nosotros una gran cantidad de sentimientos, entre ellos la frustración. Ésta puede llevarnos por dos caminos muy distintos: el del estancamiento y el de la creatividad. Si nos adentramos en el primero, caemos en el enfado, la inseguridad y el inmovilismo ante nuestra supuesta falta de recursos. Si decidimos transitar el segundo, no nos conformamos, aprendemos de los errores y lo intentamos por otro lado.

Dado que a veces caemos en el estancamiento y que ello nos perjudica tanto a nosotros como a nuestros educandos, tenemos que comprender que la frustración forma parte de la vida y de nuestra profesión, que no podemos evitarla pero sí aprender a gestionarla mejor y superarla. Para ello, aunque en teoría conocemos bien las pautas a seguir, ya que se las repetimos continuamente a los chavales, no está de más recordárnoslas a nosotros mismos, y una vez más plantearnos una serie de cuestiones:

  • ¿Estoy descargando mi frustración en los chavales/as? Si es así, ¿qué voy a conseguir con ello? Es muy importante controlar nuestros impulsos y valorar las consecuencias de nuestros actos.
  • ¿Lo que está pasando es realmente grave o simplemente no es lo que me hubiera gustado? ¿Qué es fundamental en este momento? Conviene diferenciar entre deseo y necesidad.
  • ¿Puedo controlar todas las cosas? ¿Puedo obligar al chaval a aceptar mi ayuda y a comprender mi perspectiva? ¿Me permito no ser infalible? No es nada fácil aceptar nuestros límites.
  • ¿Qué puedo hacer para recuperar mi estabilidad? ¿Cómo puedo cuidarme en este momento para poder seguir cuidando? Es recomendable darnos momentos de pausa.

Por otra parte, resulta necesario hacer un ejercicio de empatía hacia nuestros chicos y chicas, pues con demasiada frecuencia asumimos que deben comprender y aceptar su realidad, pero esto no es tarea nada fácil y no sucederá cuando nosotros queramos, sino cuando ellos estén preparados (como pasa con cualquier persona). Hay un proverbio que dice: “si abres una puerta, tienes que estar seguro de que podrás cerrarla después”, probablemente, si el chaval no permite abrir esa puerta es porque todavía no está listo. Si tratamos de profundizar en ciertos temas antes de tiempo, el chico o chica se sentirá amenazado y se pondrá a la defensiva, más aún teniendo en cuenta que, por sus experiencias vitales negativas, es probable que sienta desconfianza hacia sí mismo y/o hacia los demás, así como miedo a ser rechazado y/o abandonado. Para poder abrirse a nosotros, emprender ese intenso viaje a sus adentros y afrontar los problemas, el chaval necesita estar seguro de que somos un pilar lo suficientemente sólido como para poder aferrarse a nosotros en caso de que vengan turbulencias, de que pase lo que pase estaremos ahí y no le dejaremos solo. Por supuesto, también necesita ser consciente de que dichos problemas le están bloqueando en la vida y tener ganas de romper dicho bloqueo.

La experiencia me ha ido enseñando que por todo esto nuestra intervención con el adolescente puede pasar por diferentes momentos:

  • En primer lugar creando un vínculo que le dé seguridad, cosa que no es posible sin implicarse y comprometerse personalmente.
  •  Por otro lado enseñándole y demostrándole que pedir ayuda no es señal de debilidad sino todo lo contrario, de que te importas y te valoras a ti mismo. Que entienda que nadie puede con todo solo, que hay que dejar a un lado el orgullo.
  • Explicándole también que nuestra intención es ayudarle a que él mismo se ayude, no manipularle u obligarle a cambiar. Con el convencimiento de lo importante que es establecer las metas conjuntamente. Animándole y motivándole hacia el cambio, reforzándole los pequeños avances y transmitiéndole que puede conseguirlo. Se trataría de no forzar pero sí de provocar.
  •  Por último evitando dramatizar, en ocasiones los temas delicados o los momentos críticos son más fáciles de trabajar con una pizca de humor.

Para terminar, no perdamos de vista que nuestra misión consiste en ofrecer una influencia positiva al educando sea cual sea su respuesta a nuestro acompañamiento. Que si no disfrutamos el proceso y nos resignamos, no sólo perderemos profesionalidad sino que lo proyectaremos inconscientemente en la relación. Que a veces los procesos son más lentos de lo que querríamos y tal vez los cambios lleguen más adelante (de ahí las visitas que nos hacen “de mayores” en que nos agradecen tantas cosas). Y que en última instancia, cada persona elige hacer lo que mejor considera para sí misma aunque nosotros pensemos que se está equivocando, lo cual es totalmente digno de respeto.

 

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