Desafío ecológico, una opción por la vida

Xabier Pikaza Ibarrondo

UN PROGRAMA GENERAL

Muchos hombres y mujeres han empezado a pensar que la humanidad no tiene futuro. Somos la primera generación de personas que nos enfrentamos ante el riesgo de muerte de la especie humana, ante la posible destrucción de la vida en el planeta tierra por razones bélicas (guerra), sociales (lucha mutua), personales (cansancio general, suicidio colectivo) y ecológicas (degradación y al final aniquilación de la tierra).

En esta situación resulta necesario un gran cambio, como el que pidió Moisés en el Antiguo Testamento (Dt 30, 15-20), como el que anunció Jesús en el Evangelio al decir que llega el Reino de los Cielos (Mc 1, 14-15), pero sabiendo que eso exige que debemos convertirnos, pues de lo contrario nos destruiremos. Esa conversión que pide Jesús no es puramente interior, sino de vida total, personal, social y ecológico, y exige una fuerte renuncia, con un deseo más fuerte de comunicación de vida.

Desde fuera muchas veces se exige a la Iglesia que no se meta en donde no la llaman, que no hable de política, de economía, de relaciones sociales, de cosas que no entiende. La iglesia se tendría que limitar a rezar y punto. Frente a esta postura el Papa es claro: “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos” (Evangelii Gaudium 183).

  • Renuncia creadora. Hemos pensado a veces que podíamos hacer todo. La modernidad nos ha dicho “atreveos y conquistad”, y nos hemos atrevido, hemos conquistado, hemos creado formas nuevas de ciencia y de técnica, que nos han permitido conquistar todo el mundo, pero con el riesgo de “perder el alma”. Pues bien, ahora descubrimos que no podemos conquistarlo todo, ganar todo, pues al hacerlo podemos secar las raíces personales de nuestra vida, la armonía de la tierra, la convivencia y paz entre todos.

En el día en que queramos comer la “manzana del bien y del mal”, haciéndonos dueños del mundo entero por la fuerza terminaremos matándonos unos a otros. Por eso tenemos que atrevernos a renunciar, no por renunciar sin más, sino para conseguir, cultivar y disfrutar unos bienes más altos, en línea de humanidad, de valores de conocimiento, de arte, de amor, de equilibrio vital. Si no renunciamos a un tipo de violencia atómica, de manipulación genética y de lucha social (con el deseo de tenerlo cada uno todo), acabaremos matándonos todos.

  • Más justicia, aprender a convivir. Hemos querido conquistarlo todo, dominar a los indios y a los negros, imponer sobre el mundo la razón de los vencedores, como si lo importante fuera poseerlo de un modo egoísta, cada vez más cosas, en un mundo de ricos contra pobres, de un gran capital sobre todos, manipulando así la tierra, al servicio de nuestro poder, es decir, del poder de algunos grupos ricos, mientras se extiende y domina sobre el mundo la pobreza de muchos.

En esa línea, si cada uno de nosotros, cada uno de los pueblos y grupos humanos, busca únicamente su triunfo y razón, el despliegue de su propia verdad particular, aunque los otros tengan que morir, acabaremos matándonos todos. Necesitamos un tipo de sabiduría distinta, una sabiduría que no sea de poder propio y de dominio sobre los demás, sino de riqueza moderada y gozosa y para todos, de diálogo, de pluralidad y enriquecimiento mutuo, en la línea de un despliegue múltiple de la vida. Necesitamos descubrir que nuestro mayor gozo sea el gozo de los otros, que ellos puedan también, que tengan, que disfruten, para así colaborar todos.

  • La ayuda de tradiciones religiosas. Corremos el riesgo de perder nuestras raíces culturales y religiosas, miles de años de aprendizaje para convivir. Pues bien, en este momento, es necesario que recuperemos los modelos religiosos antiguos, pero no tomados al pie de la letra, sino desde su mensaje más profundo, en la línea de un budismo compasivo, de un Islam respetuoso ante Dios y buscador de paz, de un cristianismo abierto al amor al prójimo, etc.

Los hombres de las grandes tradiciones religiosas y culturales han ido explorando caminos de vida muy valiosos, que hoy estamos en riesgo de olvidar. Pues bien, ante los nuevos retos de esta humanidad en riesgo tenemos que recuperar y recrear los recursos religiosos, y en especial los del cristianismo, para aprender de nuevo a renunciar y a crear, a vivir y a convivir, aprendiendo los unos de los otros.

CONVERSIÓN ECOLÓGICA, UNA ESCUELA AL SERVICIO DE LA VIDA

Como he dicho, el problema de fondo es militar (guerra), social (lucha de grupos contra grupos), personal (cansancio, suicidio), pero también ecológico (corremos el riesgo de destruir la vida de la tierra). Por eso, la conversión que Jesús nos pide (Mc 1, 14-15) tiene que ser también una conversión ecológica, como ha dicho el Papa Francisco, Laudato sí (2015):

  1. Un tema científico, conversión de la ciencia. Sabemos que la vida es limitada y que sólo puede mantenerse y avanzar en el mundo si se asumen, respetan y potencian los diversos equilibrios vegetales y animales, térmicos y climáticos etc. Pues bien, en los dos últimos siglos, la ciencia no ha tenido en cuenta esa exigencia, como si sólo importara un tipo de progreso material, aunque con ello destruyéramos el mundo.

Por eso es necesario un cambio científico, un conocimiento, una ciencia que nos enseñe a respetar la vida: no podemos hacer y deshacer a nuestro antojo el orden del mundo; no podemos cambiar y destrozar a nuestro capricho los tejidos del conjunto de la vida. Sencilla y progresivamente, cada vez con más hondura, la ciencia ecológica tiene que convertirse y convertirnos, al servicio de la vida, en un mundo donde se respete el clima, la naturaleza, la conexión de los diversos sistemas minerales, alimenticios, etc.

  1. La ecología es un tema de acogida y producción, de uso y distribución de la energía que está vinculada a las fuentes de la vida. Es preciso que los hombres asuman una actitud positiva de respeto por la vida, con lo que ello implica en los aspectos políticos y económicos, sociales y personales. Actualmente nos hallamos ante un problema de degradación: el consumo egoísta de las energías y formas de vida del presente lleva el riesgo de romper los desarrollos y posibilidades del futuro: la contaminación de la atmósfera, degradación de los mares, polución de las aguas.

Hay un problema de distribución de energía, unos consumen y gastan casi todo, otros carecen de los medios básicos de vida: agua, electricidad, medios de cultivo de la tierra. En ese plano es necesaria una intensa conversión, en línea de justicia y fraternidad. Sólo así podremos orientar la energía, poniéndola al servicio de la vida de todos. Hasta ahora estábamos en manos de la sabiduría de la naturaleza, que nos parecía infinita y pensábamos que podíamos utilizarla de una forma depredadora (cazando y matando sin más animales, manipulando sin conciencia aires, tierras y mares). Ha llegado el momento de orientar el uso de la energía (del agua al carbón, de la electricidad al átomo…) al servicio de la vida de la tierra.

  1. Un tema de política y educación. Escuela ecológica. Para que esto cambie tiene que cambiar de un modo radical la política de la humanidad. No basta la función y empeño de unos pequeños partidos “verdes”. Ha llegado el momento de que todos partidos políticos, todas las naciones, asuman de una forma decidida los valores de la vida, y de la vida para todos, por encima de opciones ideológicas, de formas de organización cultural.

No se trata de un problema de simples ideales estéticos particulares, de gustos o emociones, sino de simple y radical supervivencia. O renunciamos todos al estilo de dominio, al ansia de poder y de consumo… o la llama de la vida que un día recibimos de la evolución cósmica (de Dios), terminará por apagarse en nuestras manos.

En esa línea no basta el cambio energético y político. Es necesario un intenso cambio educativo, que nos lleve a sentir y a querer de un modo nuevo, aceptando a los demás y buscando juntos un futuro de equilibrio sano y de salud física y mental, aprender a querernos, amando y gozando del mundo, en su pluralidad.

Hace falta una escuela ecológica, no de pura renuncia, sino de transformación de los valores de la vida, en la línea de un nuevo Jesús de Nazaret, de un nuevo Juan Bosco. Éste es en el fondo un problema y camino de amor: de disfrutar y compartir la vida, para todos y con todos. En esa línea, amar a Dios significa amar y agradecer su creación. Amar al prójimo significa querer ofrecerle lo mejor, un mundo bueno, con agua limpia, un mundo en el que se respete la belleza y el orden de la naturaleza, al servicio de la vida.

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