Efecto Aquarius: del malismo al buenismo

Javier Baeza. Coordinadora de Barrios

A. FOCO DE ACTUALIDAD

Todas sabemos de qué hablamos. Hace semanas llegaron tres barcos llenos de personas migrantes a quien el ministro fascista de Italia, MatteoSalvini, había impedido desembarcar en cualquiera de las costas de su país. Dicho barco, ha vuelto a poner de relieve la realidad de muchas personas que intentan arribar a nuestras fronteras: a través del Sur Europeo, norte africano y del aeropuerto de Madrid Barajas, por donde intentan llegar muchísimas personas migrantes. Estos últimos, es verdad, eternamente invisibilizados al ocurrir su expulsión y rechazo en la sala de “inadmitidos” y ser escaso su contacto con europeos, exceptuando las fuerzas policiales de control de dicho aeropuerto.

Esta realidad ha puesto luz, gracias al malismo de las autoridades Italianas, al silencio cómplice que, todos los países de Europa, han ido ejerciendo respecto al trato dispensado a las personas migrantes que fueron llegando a las distintas fronteras Europeas. Mal trato que cristalizó en la externalización de nuestras fronteras firmado con Turquía –país donde los Derechos Humanos brillan bastante por su ausencia– un acuerdo que convirtiese a este país, junto a Libia, en un tapón que imposibilitase que las personas migrantes llegaran a Europa.

Frente a esto anterior, tenemos que saludar que la “voluntad política”, tantas veces invocada para lo contrario, ha sido invertida en evitar la muerte de las más de 600 personas que viajaban en dicho barco. Esta acción buenista despeja el horizonte sobre todo aquello que se puede hacer –siempre que se quiera– en pos de salvar vidas humanas. Después tendremos que estar vigilantes sobre el qué y el cómo seguir salvando vidas.

B. REALIDAD ENMOVIMIENTO

No hay analista político o social que no estime los procesos de movilidad humana como uno de los escenarios claves de este principio del siglo XXI. “El hecho de que la Unión Europea sea tan próspera y pacífica, en comparación con sus vecinos del Este (Ucrania, Moldavia, los Balcanes, Turquía) y, sobre todo, con Oriente Próximo y África, hace que sea un destino excelente para los inmigrantes”+.

El incremento de la desigualdad (es) y la exclusión social, los procesos de movilidad humana, el deterioro de la gobernabilidad (llámense crisis de las democracias, erosión de los Estados-nación frente a la globalización, falta de representatividad…) y la perspectiva ecológica son procesos claves (e interrelacionados entre sí) para poder acercarse a nuestro mundo.

Está claro que esos malismos que profetizan acerca de los “efectos llamada” no son conscientes, o quieren serlo, respecto a los efectos humanos que supone seguir viviendo a costa de las tres cuartas partes de la humanidad: la expoliación de los mares, explotación de recursos naturales, extracción ilimitada de minerales preciosos, la deforestación, privatización del agua… y la voluntaria inundación de residuos, contaminantes, trata de personas…

Estamos hablando de unos procesos de movilidad muy extensos en lo cuantitativo y con una alta vulnerabilidad en lo cualitativo. Como un ejemplo de esta alta vulnerabilidad podemos hacer parada en los inmigrantes desparecidos. Sólo en lo que va de año se contabilizan 33.400 llegadas y 785 muertes en el Mediterráneo en 2018.+

Nuestro empeño en trabajar el efecto huida, por el que también vociferan los anteriores gritando “buenismo”, tiene que crear las condiciones necesarias para que los habitantes de aquellos lugares no se vean obligado a migrar y puedan tener una existencia tan digan como quienes habitamos –a pesar de muchas de las dificultades que también sufrimos aquí– en los lugares ricos de este maltratado mundo. Y esto sin menoscabar el derecho histórico de toda la humanidad, durante toda la historia humana, a la movilidad.

C. CIVILIDAD DÉBIL

Todo lo anterior muestra en qué sociedad vivimos. Pareciera que “aquella indolencia” ante el dolor del otro que nos recordaba Hanna Harendt en su “banalidad del mal”, se ha instalado entre quien más alta responsabilidades detenta en nuestros sistemas sociales, así como en aquellos que –con razones enfurecidas– andan mal focalizados en su solicitud de responsabilidades, y emprenden sus particulares guerras contra los pobres. Y lo peor de esto es que son guerras de los pobres contra los pobres.

Reconocer hoy la complejidad de las migraciones, esos caminos migrantes cuyas rutas se han convertido en el vergel de la explotación y las mafias, no es sino reconocer la complejidad social en la que nos encontramos viviendo. Podríamos hablar de las migraciones como efecto espejo. Se está vertiendo sobre/contra las personas migrantes, todos los desafíos, decepciones y corruptelas que aguantamos en la sociedad y no acabamos de encontrar cauces de resolución.

Pero en todo ello no podemos obviar que nuestra mirada sobre la realidad ha de ser una mirada desde el lugar de los últimos. Pero desde los últimos como sujetos sufrientes y actores de su propia superación. No como responsables inocentes de los males que nos acechan y que les cuesta la vida. El despropósito llega a reconocer que aquellas personas víctimas de este suicidio humanitario en el que estamos convirtiendo la vieja Europa, sean los victimarios de quienes nos hemos deshecho de lo mejor del ser humano: la ciudadanía. Es evidente que esta victimización (o revictimización) tiene conexión directa con todo lo que estamos sufriendo respecto a la persecución de la disidencia o discrepancia. Con eufemismos de lenguaje y sin conciencia muy explícita, me parece que estamos volviendo a vivir aquella “lucha de clases” que hoy renombramos como “aporofobia” o “criminalización”.

El malismo, desde esta perspectiva, es seguir empeñado en enfatizar postulados “nacionalistas”, seguir pensando en un consumo sin medida, o desarrollar políticas que alejen la realidad de los últimos, los ninguneados, que diría Galeano. Ahí está la última propuesta Europea: “El Consejo Europeo propone crear centros de migrantes fuera de la UE. La institución plantea crear una “plataforma de desembarcos” para las llegadas irregulares” +. Volvemos a recordar lo dicho anteriormente: la banalidad del mal parece haberse instalado en la Europa que fue de la cordialidad, hospitalidad y cultura.

Nuestra tarea, desde estos presupuestos malismos, no podrán ser distintos a aquellos que nos hablan de evocar el sufrimiento de millones de personas, provocar un diálogo profundo sobre la realidad migratoria, y redescubrir nuestra vocación (llamada a…) real de crear espacios y lugares humanizadores. Este buenismo que tenemos por delante, ha de conllevar reconstruir los lazos de solidaridad. Tejer, no redes que nos enredan, sino mantas que den calor, que confirmen espacios de encuentro seguros donde las personas puedan verter sus dolores, decepciones, ilusiones, deseos, añoranzas, esperanzas… todo ese torrente de vida que –ni las políticas ni los pasos fronterizos– han sido capaces de extirpar de las personas que migran y se quieren mover.

D. ¿DESLUMBRADOS O ILUMINADOS?

Termino volviendo al Aquarius. Si los más de 600 periodistas acreditados para ver la llegada de los tres barcos rescatadores, no supone una constante presencia de la vida de las personas migrantes en la actualidad de nuestros medios, será la confirmación del malismo que supone el periodismo actual en nuestra sociedad, (casi, tocaba una persona migrante por periodista).

Si el foco sobre el Aquarius colabora en que a las personas migrantes –lleguen como lleguen y de donde sean– las tratemos como personas y no como fuerza laboral, que no se las prive de libertad y se cierren esos lugares de no-derecho que son los CIE, que se permita la movilidad humana con la misma facilidad que lo pueden hacer las mercancías, que su inculturación suponga inclusión y no sólo integración, que la desaparición de menores migrantes llegados a Europa sea un mal sueño+, que las concertinas se utilicen para pelar verdura o arar la tierra… Entonces estaremos viviendo desde el buenismo.

Si el efecto Aquarius provoca lo que Adela Cortina señala como “obligación”: “nace cuando descubrimos que estamos ligados unos a otros y por eso estamos mutuamente ob-ligados, que los otros son para nosotros “carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre”, y por esos nuestra vida no puede ser buena sin compartir con ellos la ternura y el consuelo, la esperanza y el sentido. Es el descubrimiento de ese vínculo misterioso el que lleva a compartir lo que no puede exigirse como un derecho ni darse como un deber, porque entra en el ancho camino de la gratuidad”.

Entonces, si esto es así, estaremos encantados de festejar este efecto mediático-político del Aquarius; de lo contrario agravará más aún si cabe la distancia con los otros y el abismo en el que se hunde nuestra propia dignidad.

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