Cuando se prohíben los abrazos

Nolo Tarín. Fundación Iniciativa Solidaria Ángel Tomás.

Durante el confinamiento muchos educadores y educadoras sociales seguimos trabajando en innumerables recursos residenciales que acogen a niños, niñas y adolescentes. Nuestro trabajo se hizo de pronto mucho más intenso de lo que ya era. Desaparecieron los momentos de despacho o de reunión y la atención directa pasó a ocupar todo el turno de una jornada que en muchos casos fue ampliada. Formábamos parte de ese grupo de trabajadores esenciales a los que les tocaba cada día contener unos segundos la respiración e intentar disipar la intranquilidad que generaba dejar la seguridad del propio hogar y enfrentarse al contacto social. Curiosamente esas relaciones sociales que hace bien poco constituían el gran aliciente de este tipo de entornos laborales, de pronto emergían como una amenaza que se preferiría evitar.

Pero rápidamente descubrimos que no era posible estar totalmente protegido, la distancia de seguridad se acortaba tan sólo con verte rodeado de niños dándote los buenos días. «Ayudar a vestirse, asearse, ordenar la habitación, preparar el desayuno, hacer los deberes, un rato de juegos, otro de taller, algo de deporte…» demasiadas acciones en poco tiempo y todas ellas invitando al contacto. Aún así te sobreponías de este primer envite y buscabas otras formas de relación y comunicación, menos física, más verbal y simbólica. Pero no era fácil, justamente ese ha sido uno de los déficits en la socialización de muchos de estos niños.

Durante un tiempo pensabas que era posible, pero de nuevo la realidad se imponía: «dos se pelean y hay que separarles, uno rompe a llorar y necesita de forma urgente un abrazo, otro tiene una rabieta y pierde el control, hay que contenerle». En pocos minutos desaparecía la distancia que te daba seguridad, ahora tocaba hablar, reflexionar, retomar con el niño o el adolescente y recurrir a la mascarilla no parecía un elemento facilitador. Tu principal herramienta de trabajo siempre había sido la relación y su soporte muchas veces el grupo, pero justo estas dos dimensiones eran las que se recomendaban minimizar.

Entonces acabas reaccionando y tomas conciencia de lo dramático de la situación. Te das cuenta que tu propia salud no es el problema, ni tan siquiera la mayor dificultad que conlleva estos días tu trabajo. Lo realmente preocupante es la situación por la que están pasando estos niños y adolescentes y las apremiantes necesidades que les surgen.

Para ellos el aula taller de la escuela, las actividades deportivas y de ocio educativo, el gesto afectivo de su educador o las visitas con la familia, no entran en la categoría de actividades complementarias. Sino que más bien tienen un carácter terapéutico, vital y recuperador para su frágil existencia. De pronto, sin apenas entenderlo, se vieron privados de todas ellas y la gestión emocional de esta vivencia suponía un reto exigente para quienes la intentaban acompañar. A pesar de los cuidados que les ofrecías y de los esfuerzos por alegrarles cada día, en el fondo, de manera más o menos consciente, se sentían de nuevo abandonados, alejados de aquello que les hacía sentirse como los demás. Aunque se prohibían los abrazos, la excepción a la norma parecía la opción más razonable y con menos riesgos para muchos casos.

Una vez más estos niños, niñas y adolescentes se convertían en uno de los eslabones más frágiles de nuestra sociedad. De nuevo casi invisibles, porque no enferman, porque no protestan, apenas molestan, en definitiva, poco tenidos en cuenta. De ellos solo hablarán los medios de comunicación si se produce un conflicto o un contagio masivo, solidariamente ocurrirá casi lo mismo con los educadores y las educadoras sociales que les acompañamos.

Eso sí, acababa el turno de trabajo y para nosotros había desaparecido toda la tensión y la inquietud con la que llegábamos. Solo quedaba la satisfacción del trabajo realizado y la convicción de darlo todo por estas personas. Regresábamos a casa cansados, pero llenos de humanidad y de esperanza, y en los tiempos que corren ese es el mejor reconocimiento que se puede obtener.

Gracias a todos los compañeros y las compañeras que han crecido con esta experiencia, así lo expresan algunas de sus valiosas vivencias:

«He aprendido que los momentos de crisis nos ayudan a tomar consciencia de lo pequeño que es el ser humano y la importancia de disfrutar al máximo cada día. Los momentos más adversos pueden descubrirnos una fuerza interior que desconocíamos hasta ahora» (Asensio).

«Me he dado cuenta que hay personas resilientes más cerca de lo que me imaginaba. También me he dado cuenta de que somos vulnerables, tenemos muchos miedos, inseguridades, somos humanos, pero la vocación y el ver la respuesta que han dado los jóvenes sigue siendo el motor de nuestra vida» (María).

«Nunca había sido testigo de tantas cosas en horarios tan diferentes: mañanas de juegos y deberes; mediodías de telediarios esperando la noticia que permitiera pisar la calle; comidas y cenas en las que, por primera vez no había sillas vacías; tardes de películas y manualidades; noches de insomnio y conversaciones; discusiones con mucho tiempo por delante para ser habladas; deportes y torneos con cualquier objeto de la casa…» (Carlos).

«Tiempo de saber apreciar los pequeños detalles y dar importancia a lo que es esencial de verdad. Tiempo de cuidarnos, de estar cerca, en las condiciones que sea, pero siendo personas cercanas y amables. Hemos podido experimentar que lo importante es sentirnos escuchados, eso nos hace estar en contacto con el otro, aunque no nos veamos» (Charo).

«La adversidad es una palabra muy común entre nuestros chavales, pero más común se está haciendo como las superan. Me ha dado fuerzas para seguir trabajando ver cómo afrontan los contratiempos, como sacan toda esa fortaleza que está dentro de ellos para afrontar la vida futura, una vida preciosa pero llena de obstáculos» (Luismi).

«Fueron unos meses intensos y de mucho trabajo, pero también fueron días de adaptación y de afrontar en equipo a cualquier contratiempo que nos surgiera. Ha sido una experiencia donde he tenido la oportunidad de aprender eso que dicen de ver con el corazón lo que se escapa a los ojos» (Raquel).

“En cada turno de trabajo nos reinventábamos con la mejor de nuestras sonrisas para así recibir el mejor regalo, sus sonrisas y la actitud tan positiva que han tenido. El tiempo compartido ha sido una maravilla porque no hemos parado de transmitir y recibir. El aprendizaje y el apoyo han sido mutuos» (Andrea).

«Creo sinceramente que esta experiencia ha sido una de las más plenas de mi vida. Hemos reído, llorado, celebrado cumpleaños, nos hemos enfadado con el mundo y nos hemos apoyado. Esta crisis nos ha cambiado, nos seguirá cambiando y debemos adaptarnos a todo lo que venga, no olvidemos que somos agentes de cambio» (Vero).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *