Espacio Mambré: hospitalidad como resistencia y esperanza

Aberto Ares Mateos (sj). Doctor en Migraciones Internacionales y Cooperación al Desarrollo por la Universidad Pontificia Comillas.

Si caminas por el Barrio de la Ventilla en Madrid un jueves al final de la tarde, puedes encontrarte a algunas personas acercándose a la comunidad jesuita P. Rubio. Si les preguntas, te dirán que van al Espacio Mambré.

La pequeña comunidad jesuita Padre Rubio es una de las diversas presencias –entre el colegio Padre Piquer, la Unidad Pastoral P. Rubio con sus dos parroquias, otras comunidades jesuitas, la Fundación Amoverse, la Casa San Ignacio, el Centro Pueblos Unidos, Radio ECCA, Entreculturas Madrid, la oficina técnica del Servicio Jesuita a Migrantes,…– que la Compañía de Jesús tiene en el barrio de la Ventilla.

Esta comunidad hace una apuesta por la hospitalidad, como tantas otras repartidas por España. Comunidades en las que se comparte vida y proyecto con personas necesitadas. En el caso de esta comunidad, con migrantes. Además de un lugar en el que cobijarse, les ofrecen un entorno, una familia en la que retomar fuerzas, en la compartir el día a día hasta que recuperen la autonomía y la confianza.

Desde hace unos meses, la comunidad creó el Espacio Mambré como un ámbito privilegiado donde vivir el espíritu de hospitalidad que quiere vivir la comunidad. De ahí, el nombre “Mambré”, un lugar de encuentro, de acogida, de promesa de Dios: “No os olvidéis de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. (Heb. 13, 2).

Celebrar la vida y la diversidad

En el Espacio Mambré, cada jueves se abre de una forma más intencionada y cuidada la puerta de la comunidad al barrio y a todos los amigos y amigas, para compartir la fe y mucho más con una Eucaristía primero y una cena compartida después.

Se celebra la eucaristía en la capilla de la comunidad que está situada en la última planta y tiene forma de tienda de campaña. Una capilla en la que se motiva al encuentro entre el ser humano y Dios, con María como mediadora, con la mirada siempre puesta en Dios, con un sagrario repleto de los nombres de Dios en las diversas lenguas de los invitados o de los miembros que han pasado por la comunidad. Nuestro anterior superior, el P. Adolfo Nicolás, estrenó la lista con el nombre de Dios en japonés.

Al inicio de la Eucaristía, suele haber una presentación en el que cada persona dice su nombre y se introduce al resto. En estos meses se ha acercado mucha gente al Espacio Mambré: muchas amigas y amigos del barrio, de la unidad pastoral, de los trabajos y apostolados, familias migrantes, compañeros jesuitas que vienen de paso y que se hospedan en la casa, jóvenes que están discerniendo su vocación, personas con curiosidad y en búsqueda.

De alguna manera el Espacio Mambré condensa una parte importante de encarnar nuestra vocación, de vivir la hospitalidad, de dejarse impactar por la realidad que nos rodea, de sentirse parte del proyecto de Dios, de permitir que entren en el hogar aires nuevos y frescos. Significa que muchos amigos y amigas, la gente que pueda estar interesada, conozca un poco más cómo celebramos y cómo vivimos. Es un lujo celebrar juntos la Eucaristía y la cena compartida. La diversidad nos enriquece como comunidad y nos ayuda a vivir más conectados con un Dios que se hace presente en este mundo de diversas maneras y a través de tantas personas y comunidades.

La hospitalidad como signo de resistencia y esperanza

En nuestro contexto actual donde parecería ganar terreno la hostilidad sobre la hospitalidad, la práctica de la hospitalidad constituye una buena noticia y un auténtico acto de resistencia. Resistencia al estilo de Jesús. Una hospitalidad que rompió las barreras de su tiempo, los límites de lo legal-ilegal, de lo puro-impuro, y de la inclusión-exclusión.

Una hospitalidad tan antigua como la misma humanidad y que recorre nuestra tradición bíblica y buena parte de la historia de la Iglesia. La hospitalidad en nuestros días nos habla de fragilidad y reciprocidad, del poder transformador de abrir nuestras puertas y de tender puentes. De vivir la fragilidad no como una amenaza, sino como un elemento esencial para el encuentro con Dios. También la hospitalidad nos plantea un interrogante a nuestra creación de identidad, a la gestión de la diversidad, a nuestra manera de hacer política o de tratar la integración y cohesión social, incluso a la vida en nuestros barrios.

Por eso, todos los grandes retos sociales necesitan de una respuesta que ponga en el centro a las personas. Las comunidades de hospitalidad, como la comunidad P. Rubio son espacios de encuentro, hogares donde conviven personas de contextos diversos, en las cuales tienen un lugar privilegiado aquellas personas que se encuentran en el camino. Comunidades que comparten techo y proyecto vital, generando procesos, desde la escucha mutua y el aprendizaje compartido.

En las comunidades de hospitalidad se comparte la mesa con personas excluidas, cultivando una cultura del encuentro. Vivir a su lado es uno de los principales signos de la Buena Noticia, especialmente en una época como la actual en la que el individualismo erosiona las relaciones mutuas y la exclusión social priva a numerosas personas del reconocimiento y la amistad de los demás, así como de su dignidad humana.

Como nos recuerda la Biblia, la práctica de la hospitalidad en las comunidades de hospitalidad produce un efecto transformador tanto en el huésped como en la persona que acoge. Asimismo, generan espacios de encuentro, entornos seguros, con un ritmo de vida en común que posibilita la convivencia en lo cotidiano, tiempos gratuitos de escucha, de reparto de tareas, de compartir las penas y alegrías. Todos son elementos que facilitan procesos de sanación, integración y reconciliación.

Las personas migrantes son portadoras de esperanza. Esperanza de un mundo en paz, de que es posible una vida mejor. Buscan seguridad y trabajo, pero, sobre todo, reconocimiento y respeto. Una sociedad que se cierra sobre sí misma se empobrece. Una sociedad que se abre a la posibilidad del encuentro y a la diversidad, se enriquece, construye futuro. Esta es una de las grandes claves que aporta la hospitalidad a nuestro mundo actual.

Uno de los grandes retos de nuestras sociedades nos lo jugamos en la convivencia, en la gestión de la diversidad. La hospitalidad, es uno de los elementos claves que nos ayudarán a avanzar como civilización, desde la integración y la cohesión social.

Las comunidades de hospitalidad, en cuanto contraculturales, constituyen auténticos espacios de resistencia y anticipan el Reino cuando invitan a sentarse juntos en la misma mesa, a compartir lo que nos une y también desde la diferencia. Esto es lo que se intenta vivir en el Espacio Mambré.

Aunque el camino sea arduo, como ocurría en Mambré, practicando la hospitalidad, a veces sin saberlo, hospedamos al mismo Dios.

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