Feminismo es igualdad

Natalia Sanz Jiménez. Responsable del Área de Igualdad de la Fundación JuanSoñador

Aunque estamos viviendo la cuarta ola del feminismo, me gustaría empezar este artículo recordando brevemente lo que es esta palabra significa y la transcendencia de este movimiento social.

Según los datos oficiales y desde 2003, que es el año en el que se empezó a contabilizarlos (esto ya es un avance), el número de mujeres asesinadas por violencia de género, a 30 de noviembre de 2018 asciende a 972, contabilizándose también 27 menores asesinados.

Las víctimas mortales “oficiales” (solo se contabiliza a las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas e hijos/as de éstas, excluyendo otros asesinatos a mujeres por cuestión de género), según el último balance del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, a 30 de noviembre de 2018, son 44 mujeres y 3 menores, dejando huérfanos a 35 niños y niñas.

Los datos sobre violencia sexual también son estremecedores: se denuncia una violación cada 5 horas en España y las agresiones sexuales a mujeres en grupo, han crecido significativamente a lo largo del primer trimestre de 2018.

Podríamos seguir analizando cifras sobre otros síntomas de la desigualdad entre hombres y mujeres: a nivel salarial, social, económico, etc., que nos llevarían a concluir que la igualdad está bastante lejos de conseguirse.

Pero empecemos por el principio. La historia, la cultura y la sociedad, desde el inicio de los tiempos, ha legitimado esta desigualdad, situando a lo masculino en el centro de la sociedad, de la cultura, de la política y de los grandes poderes de manera activa; y a lo femenino a cargo de la casa y de los cuidados, y de manera totalmente pasiva.

Esto sigue pasando en el tiempo que vivimos. No de una manera formal, pero en la realidad, en la calle, esa desigualdad sigue estando vigente. Si preguntáramos a los hombres si se consideran machistas o no, es muy probable que la mayoría nos dé una respuesta negativa. La sociedad no es consciente de que es machista por una sencilla razón, ser machista es la norma, es lo habitual.

El feminismo ha conseguido hitos importantísimos. Por ejemplo, las mujeres podemos votar en las elecciones, podemos conducir un coche, nos hemos incorporado al mundo laboral con los “mismos derechos” que los hombres y pudiendo optar a cualquier tipo de trabajo, podemos estudiar cualquier carrera universitaria, podemos usar pantalones, podemos poner en marcha un negocio a nuestro nombre, podemos pedir préstamos, podemos tener propiedades, podemos separarnos, podemos casarnos y que nuestros derechos civiles no desaparezcan, podemos escoger ser madres o no serlo… y un largo etcétera.

Después de haber conseguido todo esto (y digo bien: CONSEGUIDO, porque puede parecer mentira, pero estos son derechos que los hombres han tenido siempre y que las mujeres no, derechos que se han tenido que conquistar y pelear en un proceso muy costoso y muy largo, de décadas de esfuerzo y de lucha de muchas mujeres, y que se han llevado muchas vidas por delante), ahora, en nuestro tiempo, en nuestro país, dentro de nuestra cultura, es lógico que haya personas que piensen: “no estamos tan mal, ¿no?”. Pues la respuesta es SÍ que estamos mal, porque estar mejor no significa estar bien. Y después de haber conquistado derechos tan importantes, las reivindicaciones que hacemos ahora pueden hasta parecer exageradas para algunas personas, pero desde luego no están exentas de sentido. Y es entonces cuando volvemos a las cifras de asesinatos y agresiones y vemos que algo pasa y que hay que seguir luchando.

Y retomamos la pregunta que hacíamos antes a los hombres: “¿crees que eres machista?” La mayoría dirá que no, aunque la mayoría tendrá actitudes y comportamientos machistas.

¿Por qué pasa esto? Porque estos comportamientos y actitudes son tan normales y habituales que ni siquiera se perciben como machistas. Porque en cuanto al machismo, solo se está visibilizando la punta de la pirámide, lo más grave de la violencia: las agresiones sexuales, físicas y los asesinatos; y las acciones que se realizan van dirigidas a intentar mitigar los efectos negativos que genera esta violencia, sin reparar en que la base de la pirámide es la que lo sustenta.

Tenemos una estructura social que permite y normaliza lo que no se ve, lo que es “normal”, lo que se hace y ya está, lo que se ha hecho siempre, lo que ni siquiera interpretamos como machismo aunque lo sea. Y los hombres que maltratan, son percibidos como “locos”, perturbados o personas con una psicopatía.

Pero la realidad nos muestra que no son nada de esto, sino que son hijos sanos de esta estructura patriarcal, de esta sociedad que formalmente dice no al machismo, pero que permite y contribuye a normalizarlo a través de la educación que, intencionadamente o no, nos trasmiten desde la familia, la escuela, los medios de comunicación, la cultura y la sociedad en general.

Veamos la imagen de la pirámide. En la base tenemos la sociedad patriarcal hecha por y para los hombres, con un modelo de masculinidad muy rígido que, por cierto, también es dañino para ellos.

En esta base tenemos formas “sutiles” de machismo (digo sutiles en comparación con las que vienen más arriba, porque muchas de ellas de sutiles tienen bastante poco).

Si analizamos la violencia de género como un problema estructural, es fácil sospechar que realizar acciones destinadas a debilitar la base de esta estructura, tendría efectos directos sobre la punta de la misma. Por eso, todas las personas tenemos mucha responsabilidad en echar abajo esta pirámide con nuestras acciones cotidianas. Y si no lo hacemos, estaremos siendo cómplices del machismo.

¿Se imaginan a las mujeres diciendo lo que nos parecen o no los hombres que vemos por la calle? ¿Se imaginan a los hombres en los videoclips semidesnudos y sumisos bailando alrededor de una chica totalmente vestida? ¿Se imaginan hombres en posturas imposibles posando para anuncios sin apenas ropa, anunciando cualquier tipo de producto? ¿Se imaginan que a los hombres les dijeran, una vez llegados los treinta, reiteradamente que cuándo van a tener hijos, que se les pasa el arroz? ¿Se imaginan que a los hombres en las entrevistas de trabajo les preguntaran si están casados o si tienen hijos, porque esto podría dificultar las posibilidades de obtener el empleo? ¿Se imaginan la pornografía que se hace actualmente, cada vez más vejatoria y más violenta, donde quienes sufrieran estas vejaciones fueran hombres, y las que visionaran estas películas fueran fundamentalmente mujeres? ¿Se imaginan los prostíbulos llenos de hombres prostituidos y explotados? ¿Se imaginan mujeres asaltando hombres por las calles para violarlos, tocarlos o agredirlos sexualmente? Podría seguir haciendo preguntas, pero todas ellas nos llevarían a la misma reflexión: ¿qué nos pasa como sociedad para que no reaccionemos ante esto?

Podemos empezar explicando esta desigualdad basándonos en el concepto de socialización diferenciada, es decir, en cómo desde que nacemos, e incluso antes de que nazcamos, se hace una diferenciación en la manera de educarnos.

Y así vamos creciendo, ajustándonos a lo que se espera de nosotros y nosotras. Y así convertimos a las niñas en princesas delicadas y cuidadoras cuyo lugar en el mundo es básicamente ser para otros. Y del mismo modo, así convertimos a los niños en machotes fuertes, que no pueden expresar emociones, que deben ser siempre valientes, pero que son siempre importantes en sí mismos.

Para intentar reducir las consecuencias del machismo propondría destinar esfuerzos a tres aspectos imprescindibles: REIVINDICACIÓN, EDUCACIÓN, SENSIBILIZACIÓN.

La primera propuesta es que debemos seguir REIVINDICANDO nuestros derechos. Mujeres y hombres hemos de solicitar a nuestras autoridades la práctica de la igualdad. Hoy en día, las altas esferas judiciales, políticas y empresariales siguen estando ocupadas por hombres, siendo la paridad en este aspecto inexistente.

Las mujeres nos hemos incorporado al mundo laboral, pero los hombres no se han incorporado al mundo doméstico. Es por esto que muchas tengan que renunciar a su carrera profesional, a pesar de estar sobradamente capacitadas y que otras muchas acumulen una doble jornada de trabajo dentro y fuera de casa.

Por otro lado, es necesario reivindicar leyes justas y formar al personal técnico, jueces, juezas y fiscales, para que se incluya en el sistema judicial la perspectiva de género. En los delitos por violencia de género y en los delitos de agresiones sexuales se sigue poniendo el foco de atención y la responsabilidad en la víctima (cómo actuó durante la agresión, si se resistió lo suficiente o no, cómo vestía, qué hizo después, qué hizo antes, si había bebido, etc.).

Proponer permisos de maternidad y paternidad amplios, iguales y obligatorios, ayudas para mujeres que han sobrevivido a la violencia de género, la abolición de la prostitución, la igualdad salarial, la paridad en puestos de responsabilidad y, en definitiva, derechos y responsabilidades que nos lleven a la igualdad.

La segunda propuesta para el cambio es la EDUCACIÓN. Es esencial educar a niños y niñas en igualdad desde la más corta edad. Esto va a prevenir situaciones de abusos y desigualdades en sus relaciones.

Debemos educar para que las nuevas generaciones sepan identificar los diferentes tipos de violencia y poner en tela de juicio situaciones que hemos convertido en naturales. En la adolescencia se tienen las primeras relaciones sexuales y afectivas de pareja, donde ya se dan situaciones de control y sometimiento. En este sentido, por un lado, las chicas tienen que saber percibir cuándo se están metiendo en una relación de dominación y los chicos tienen que saber cuándo están empezando a ser excesivamente controladores.

Con respecto a las mujeres, es importante trabajar para que tengan una buena autoestima y autonomía, esto les hará más independientes. Hay que desprenderse del modelo de enamoramiento y del amor romántico que ofrecen las películas, la música, la publicidad, etc., donde habitualmente nos muestran mujeres pasivas que aceptan su “destino”.

Hay que introducir el concepto de sororidad entre las mujeres, sobre todo entre las mujeres jóvenes, debemos de unirnos y ayudarnos entre nosotras. Uno de los aspectos que hace que esta sociedad patriarcal se mantenga es habernos enfrentado entre nosotras, fomentando una cultura de la envidia y la crítica, por eso muchas veces se habla también de mujeres machistas (aunque sería más adecuado decir mujeres que colaboran con el machismo, cosa que por otro lado es fácil que suceda, ya que estamos educadas en la misma sociedad y cultura que los hombres).

En cuanto a los chicos, debemos educarles para que sean hombres igualitarios y hacerlos entender que ellos también ganan con la igualdad, ya que existe un modelo rígido de hombre que les exige ser fuertes, poco expresivos, valientes y que por otro lado mantiene el statu quo. Si los hombres de nuestra sociedad desarrollaran más la empatía y el cuidado, aprendieran a expresar sus emociones y a resolver los conflictos de forma pacífica, estaríamos transformando esta realidad. Del mismo modo, si fomentamos las relaciones sentimentales basadas en la confianza y el respeto, reduciríamos la violencia de género.

Es importante también educar a los hombres en la responsabilidad en cuanto a la sexualidad, en tomar la iniciativa en el uso de métodos anticonceptivos y en que tengan la completa certeza de que la persona con la que van a tener relaciones no solo consienta, sino que desee tener esa relación sexual. Además, debemos reforzar en ellos no solo que no agredan, sino también acciones de denuncia hacia agresiones de todo tipo y hacia comportamientos dañinos que otros chicos realicen, como el acoso callejero, los chistes machistas, comportamientos ofensivos en la red, consumo de pornografía, etc.

Para ambos sexos, es importante la educación en la libertad y la responsabilidad, de modo que se incluya cualquier orientación sexual e identidad de género en el ideario de una sociedad libre e inclusiva.

Por otro lado, la SENSIBILIZACIÓN en la igualdad, de toda la sociedad en general y en particular de las personas profesionales y responsables de la educación, de la justicia, de las políticas, de las personas que nos representan, de los medios de comunicación y de cualquier agente socializador.

Nos queda un largo camino, que seguro está lleno de dificultades, pero que supone un reto si queremos llamarnos de verdad sociedad civilizada y humana, donde todos y todas tenemos la responsabilidad del cambio para dejar a las generaciones futuras un mundo mejor y más igualitario.

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