Feminismos, cuerpos y la construcción del bien común

“NOS QUEREMOS VIVAS”: UNOS 8 DE MARZO REVULSIVOS

El feminismo está en época de gracia. Los feminismos, mejor, porque la lucha por la visibilización y la dignidad de las mujeres tienen ya recorrido histórico y se ha diversificado su forma de expresión y sus puntos de partida filosóficos. En nuestro contexto, debemos reconocer que se han logrado avances en cuanto a derechos políticos reconocidos, se han aplicado políticas a favor de la igualdad de oportunidades y existe una mayor sensibilidad social a favor de la equidad de trato entre varones y mujeres. Incluso así, los dos últimos 8 de marzo han sido un revulsivo para los movimientos feministas, que han visto cómo se popularizaban sus tesis y reivindicaciones entre las generaciones de jóvenes. Las mujeres ya no quieren ser vistas solo y siempre como “víctimas” de la violencia de género, por eso algunos de los lemas de las manifestaciones rezan “nos queremos vivas”: grito que expresa la voluntad de superación de una situación de violencia que, a nuestro pesar, no desaparece, y prueba de ello son las violaciones en grupo y, aún peor, las sentencias judiciales que las amparan o minimizan las penas (como ha ocurrido con el caso reciente de La Manada).

Desde antiguo, en cada época y cada cultura, las mujeres han luchado contra la violencia y la marginación a causa de las estructuras patriarcales. El nombre de “feminismo” surge con las reivindicaciones sufragistas del siglo XIX, pero no debemos olvidar que allí donde una mujer o cualquier persona ha experimentado una contradicción respecto a las normas sociales que la constreñían y ha transgredido el rol de género que le atribuían, reconocemos prácticas de libertad personal, lucha por la propia subjetividad y resquicios de esperanza para transformar el entorno en un espacio más habitable para otros y otras.

LA SORORIDAD COMO PRÁCTICA POLÍTICA Y DE EMPODERAMIENTO

Este fue el motor, también, de las corrientes feministas de la igualdad y de la diferencia, a quienes debemos las políticas de igualdad, la lucha por los derechos de las mujeres, la profusión de estudios de género y la búsqueda de la propia identidad. Que mujeres y varones compartan espacios públicos, por eso, no significa que se haya conseguido plena igualdad. Que niños y niñas vayan juntos a clase, que las mujeres hayan accedido al mercado laboral o a cargos públicos, no implica que hayan desaparecido las relaciones jerárquicas entre unos y otras. Marcela Lagarde nos recuerda que para que haya “sororidad”, hay que disentir de lo hegemónico. Para esta feminista, las mujeres no nos debemos identificar unas con otras simplemente por razón de sexo, sino por compartir una visión política crítica y radical contra las relaciones desiguales establecidas por el poder. La sororidad no es un simple sentimiento de afecto y relación entre mujeres, sino que supone un pacto político, un acuerdo de compromiso para transformar relaciones subalternas entre personas. Este término ha sido recientemente aceptado e introducido en los diccionarios del español y del catalán indicando “solidaridad entre mujeres con el fin de empoderarse”.

Y eso mismo, “empoderarse”, es lo que hicieron –y siguen haciendo hoy–, los grupos y movimientos LGTBI a partir de la década de los 80 del siglo XX. Aquellos, aquellas, a quien la sociedad patriarcal heteronormativa acallaba con el apelativo de “desviados”, “raros” (queer en inglés), porque no encajaban en la descripción de “feminidad” o “masculinidad” marcados socialmente, se autodeterminaron y perdieron miedo. Con el mismo apelativo queer con que la sociedad los menospreciaba, quisieron desmontar la misoginia y la homofobia que los mantenía en el margen. Mostraron su disconformidad con el binarismo sexual. ¿Por qué simplificar y eliminar la complejidad del abanico de identidades sexuales que las personas experimentan como “cuerpo sexuado” en dos sexos exclusivamente? El cuestionamiento de las identidades cerradas pondrá en el centro del debate público cómo podemos construir una sociedad plural, democrática y con capacidad de convivencia real e igualitaria entre diferentes.

LA LUCHA CONTRA LA PRECARIEDAD Y EL VALOR DEL PROPIO CUERPO

En esta nueva ola de feminismos y movimientos queer, el plural es importante, puesto que permite agrupar transversalmente las luchas de todas aquellas personas que no se sienten identificadas fácilmente con las conductas, modelos y apariencia que se le supone al “varón” o a la “mujer” ideales establecidos por la tradición cultural patriarcal, y que sufren violencia por ello. Como dice Judit Butler, la lucha contra la precariedad bien puede unir la lucha contra el sexismo y la lucha por la justicia social, ya que comparten la crítica a unas relaciones jerárquicas de abuso de unos sobre otros. Un amigo mío sindicalista me decía, lúcidamente, que la lucha por los derechos laborales y sociales pasa hoy por la lucha feminista y de género. Mientras que el sindicalismo no moviliza a la población, son las mujeres y los movimientos queer los que abanderan las necesidades de mejora de condiciones vitales y sociales.

Además del plural, estos movimientos LGTBI, queer y los nuevos feminismos, nos regalan con la valorización del cuerpo. Somos cuerpo y es imposible vivir plenamente (actuar con libertad y poder amar) sin reconocerme ni que me reconozcan. El cuerpo es la entidad donde me experimento, soy. Somos seres relacionales, mi libertad y mi reconocimiento como sujeto dependen totalmente del reconocimiento del grupo. Sin el vínculo afectivo y de respeto, es imposible que pueda desarrollarme, crecer y actuar como persona libre. La persona no responde a un “ideal” sino a esta experiencia encarnada y performativa.

No sé interpretar todavía si el auge de los nuevos feminismos se debe al éxito de un trending topic ocasional y a las redes sociales. Espero que se deba a una mayor concienciación, aunque podría ser un grito desesperado ante una involución ideológica general. Lo digo por las campañas agresivas que una parte de la institución católica y grupos conservadores llevan a cabo en contra de lo que denominan la “ideología de género”. En campañas políticas, hemos asistido a la propaganda de los autobuses naranja, a la presión por cambiar contenido de libros de texto y hemos escuchado declaraciones de obispos o teólogos que culpan a los nuevos feminismos, los movimientos queer y las reivindicaciones LGTBI, de la degradación moral, de la crisis de los valores de la familia y el matrimonio, del desapego de las mujeres hacia la maternidad, de un relativismo extremo que cuestiona el “orden natural”…Esta visión se basa en una concepción esencialista de que el sexo es el que determina el género. Con su “naturalización” del género, justifican los modelos culturales hegemónicos y con ello, reinscriben un modelo uniforme al que todas las personas deben someterse.

Estos discursos neoconservadores ignoran que el binomio varón-mujer no sirve para definir todas las experiencias humanas. En nombre del orden moral (posición ideológica, por cierto), limitan la libertad y la singularidad humanas a favor de imponer de nuevo las funciones sociales de “madre”, “padre”, como algo natural ligado al sexo biológico, establecido por Dios, en una lectura reduccionista de la creación y de la antropología bíblicas. Así pues, no podemos afirmar el carácter natural del cuerpo como si fuera inmutable, aunque tampoco no podemos “elegir” o “cambiar” a voluntad nuestro cuerpo. Nacemos en un cuerpo sexuado con condicionantes biológicamente dados. No se puede negar la existencia de lo material y hay que partir de ello para no soslayar la realidad (Foucault, 1995; Butler, 2015). Es importante hablar de cómo se forja nuestra subjetividad y donde se sustenta nuestra libertad para transformar aquello que nos oprime o nos subyuga, sin que este deseo de libertad suponga la transgresión total de los valores que nos deben sostener como personas en relación con otros.

Habrá que denunciar el esencialismo porque somete la libertad de las personas, pero también habrá que criticar y denunciar los intereses económicos que prometan fáciles transiciones de cambio de sexo con pastillas y a través de operaciones. Los procesos de subjetivación no pueden someterse a las leyes del mercado capitalista o al ostracismo. La persona debe tener acceso a la formación, a la información, a la recapacitación, y a un tiempo personal de discernimiento. Sé que es un tema delicado y que el desarrollo hormonal del cuerpo puede ir en contra de este tiempo de madurez, pero el recurso a la patologización y a las “soluciones médicas” no pueden ser vías exclusivas de abordar la asunción del propio cuerpo y de nuestra relación con los demás.

Hay que crear el espacio político para luchar contra la explotación y el sometimiento de los cuerpos o bien al “mercado” o bien “a las ideologías”, sean religiosas o no. Politizarnos supone ponernos al lado de las personas que son estigmatizadas, violentadas o invisibilizadas. El feminismo cristiano y la teología queer han sido -y continúan siendo-, un testimonio vivo de una praxis cristiana enraizada en la más profunda vocación de comprometerse por la justicia y por la dignidad de todas las personas. Como la imagen evangélica de Lucas 13,21, la praxis política de construir “comunidad eclesial” y una “sociedad justa” debería parecerse a la mujer que mezcla la levadura en la harina, y que en un movimiento continuo, devuelve los márgenes de la masa al centro para que fermente y se convierta en pan para tod@s.

Sobre la autora: Neus Forcano i Aparicio.

Nace en Barcelona, en febrero de 1966, en el barrio de Gràcia.

Estudia Filología en la Universidad de Barcelona y durante su etapa de formación participa en la asociación educativa Minyons Escoltes, liderando grupos de chavales. Después de tres años estaba ya comprometida en el equipo de formación de monitores jóvenes de la institución a nivel de Cataluña.

Una vez acabada la licenciatura, realiza el Máster de Estudios históricos de las Mujeres del Centro Duoda, dirigido por Milagros Rivera, en la Universidad de Barcelona. Paralelamente participa de los cursos y charlas que se organizaban desde el Col·lectiu de Dones en l’Església.

Gracias a las iniciativas del Col·lectiu de Dones, conoce la realidad de las mujeres en las iglesias evangélicas españolas de la Reforma y entra en contacto con mujeres protestantes y pastoras. Desde 2007 forma parte de la Asociación Europea de Mujeres para la Investigación Teológica (ESWTR). En el año 2011, un grupo de teólogas de la ATE (Asociación de Teólogas españolas) y de los grupos de base de Mujeres y Teología asumen la organización del encuentro bianual europeo, que se celebró en Salamanca.

Desde el 2014 forma parte del Consejo de dirección de la revista Iglesia Viva. Combina la tarea de enseñante de lengua y literatura en Bachillerato con escribir y dar charlas sobre teología feminista e interpretación bíblica.

Ha publicado un opúsculo de los Cuadernos de la HOAC “Democracia y dignidad para las mujeres en situaciones de precariedad”; y en Iglesia Viva, entre otros artículos: “María Magdalena testimonia la resurrección y lidera la nueva Ekklesia” y “La sororidad como espacio político para la igualdad y en defensa de las mujeres: Marie de Gournay”.

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