Heridos emocionalmente

Félix Martínez Ortega. Capellán Católico de los centros de menores Laurel y Lavadero.

A través de este artículo me permito contar mi experiencia como capellán de dos centros de menores con medidas judiciales. Al mismo tiempo, expongo una reflexión sobre el apoyo en salud mental a los chicos y las chicas que participan en las actividades de pastoral organizadas desde la capellanía.

Comienzo haciendo un breve resumen de la programación, diseñada desde la palabra “anuncio” y planteada en tres fases:

  • Primer anuncio, dirigido a la población en general, donde me doy a conocer y expongo las actividades que desarrollo.
  • Segundo anuncio, dirigido a los chicos y las chicas que solicitan por escrito participar en las actividades de pastoral, pudiendo ser grupal o individual.
  • Tercer anuncio, dirigido a quienes solicitan sacramentos.

Con la acción pastoral en los centros pretendo ofrecer un mensaje evangélico de cercanía, orientación y apoyo, ayudando a nuestros chicos en un proceso de su vida donde el conflicto se hace patente. También pretendo orientarles a descubrir un mensaje de Dios, fundamentado en el amor y humanismo que les ayude a crecer, madurar y, si es posible, ser un poco más felices en la vida.

Tras cinco años de experiencia en los centros de menores, he descubierto cómo quienes demandan el servicio, quieren abrirse al misterio de Dios y junto a Él, plantear sus interrogantes, los misterios de la vida, problemas, etc.

Como Capellán intento escuchar y ofrecer un mensaje esperanzador, ayudando lo posible en su crecimiento personal.

Son varios los textos eclesiales en los que se nos recuerda la importancia de la evangelización —y más en concreto a adolescentes o jóvenes vulnerables— viene a mi mente el pasaje evangélico del Buen Pastor, dejando las noventa y
nueve para buscar de la oveja perdida.

Los menores atendidos en los dos centros Laurel y Lavadero, se encuentran cumpliendo medidas judiciales por distintas situaciones vividas, motivo por el cual un juez de menores les ha impuesto la medida de internamiento.

Definir el perfil de estos chicos y chicas me resulta difícil, cada uno tiene una situación personal que le caracteriza. A continuación, señalo algunas características de estos muchachos:

  • Problemas a nivel conductual
  • Consumos de drogas
  • Carencias a nivel afectivo emocional
  • Escasas motivaciones
  • Pertenecientes a familias con escasos recursos educativos, económicos.
  • Familias desestructuradas
  • Inmigración, con dificultades en la integración
  • Ocupación del tiempo libre inapropiado

Los adolescentes o jóvenes que se encuentran cumpliendo medidas judiciales en estos centros cuentan con equipos técnicos —profesionales de la educación social— que se ocupan de sus tratamientos, les prestan su apoyo y se encargan de su educación integral. Pero además de estos apoyos, la pastoral como recurso emocional tiene un espacio importante en estos centros. En mi experiencia como capellán intento atender no solo las necesidades espirituales, también las emocionales de quienes voluntariamente y con solicitud escrita, piden participar en las actividades realizadas por la capellanía una vez por semana.

En este artículo se me pide una reflexión sobre los espacios de apoyo a los chicos y a las chicas ante los problemas de salud mental, y no cabe duda que en el contacto con ellos detecto problemas en este ámbito y se ve la necesidad de
un acompañamiento con terapia.

Una de las experiencias gratificantes en el contacto directo con los chicos es la vivencia del sacramento de la Reconciliación, o como nos gusta definir “la fiesta del perdón”. Considero que es un espacio que ayuda a sostener mentalmente y apoya a los chicos en un equilibrio emocional. Intento ofrecerles una imagen de un Dios misericordioso que les ayuda desde la fe a:

  • Encontrarse con ellos mismos, siendo conscientes de sus limitaciones, sabiendo que los seres humanos en las entrañas llevamos un componente de egoísmo que hace que nos tambaleemos, pero no impide el propósito ilusionante de comenzar de nuevo en la vida.
  • Encontrarse con el prójimo, a quien en muchas ocasiones han herido.
  • Encontrarse con Dios, deseosos de abrirse al misterio.

Quienes demandan la vivencia de la fiesta del perdón, buscan un Dios misericordioso que facilita un cambio y una liberación, un apoyo para vivir una transformación en sus vidas y una terapia de escucha y acompañamiento.

Cuando pregunto a los chicos y chicas por qué quieren acercarse al sacramento, ellos recuerdan experiencias vividas de pequeños cuando hicieron la primera comunión, o cuando sus abuelas les enseñaban alguna oración, o las posibles ocasiones en que acompañaron al sacerdote como monaguillos.

En el contacto que tengo con ellos, una hora a la semana, y escuchándolos desde los espacios de pastoral, me doy cuenta que un juez les ha puesto una sentencia judicial y les ha internado en los centros porque han dado problemas,
pero analizando sus historias personales uno descubre que dan problemas porque tienen problemas. En el contacto con ellos puedo decir que el más evangelizado soy yo.

Como sociedad en ocasiones los criminalizamos, pero ellos viven en un mundo de problemas personales, familiares, sociales y estas historias acumuladas hacen que les cueste dar respuestas positivas.

Existe un refrán que dice “más vale prevenir que curar” y cuando nos acercamos al mundo de los adolescentes, jóvenes vulnerables con problemas emocionales y heridos emocionalmente como titulo el artículo, considero importante hablar de prevención en la infancia.

Cuando hablamos de la infancia, creemos que es la etapa más feliz de la vida, y considero que así debería de ser, pero para muchos niños y niñas yo me pregunto, ¿es realmente así? Desde mi experiencia personal descubro que existen niños que sufren y al preguntarme ¿por qué? la respuesta es diversa, pueden ser varias causas o factores. En este artículo quiero hacer hincapié o apuntar a la responsabilidad de los adultos para acercarnos a ellos, educarlos y cuidar mejor su felicidad.

La familia es el primer núcleo donde el niño aprende, es la fuente de donde beben los más pequeños y nos encontramos con distintas realidades familiares. Existen padres que se preocupan más de dar consumo que de dar educación, existen familias donde descubrimos a niños que viven en sus casas conflictos, insultos, riñas, drogas, problemas laborales, de vivienda, de trabajo, pobreza, niños con padres que han sido heridos emocionalmente y los hijos sufren las consecuencias de estas heridas. Un dato que me llama la atención y se presenta generalizado en nuestra sociedad es la ocupación y el estrés, esto hace que los padres dediquen pocas horas al día a sus hijos, esta falta de dedicación puede generar incomprensión, distanciamiento y soledad. También nos encontramos con padres que no son capaces de dirigir procesos de socialización normalizados en sus hijos, lo que produce una incorporación social conflictiva para ellos.

Para que un niño pueda educarse adecuadamente debe recibir afecto, reconocimiento a su persona. Cada vez que un niño recibe un trato inadecuado, agresivo, hostil, cada vez que un niño experimenta el abandono, la soledad, se van produciendo en él heridas interiores. El resultado es la aparición frecuente de sentimientos y hechos negativos, los niños van creciendo con baja autoestima, etc.

Cuando hablamos de heridas es fácil ver las heridas físicas. Sin embargo, las heridas y cicatrices emocionales no son tan fáciles de detectar, pero cuando se detectan hay que hacer lo posible por sanarlas. En mi contacto con los chicos y chicas de los centros de menores, en las actividades de pastoral que realizo con ellos, me encuentro casos que sufren esas heridas, una de las que más me impacta es el no sentirse queridos muchas veces por causa de una desestructuración familiar mal venida. Desde este artículo pido y deseo para estos chicos y chicas que se encuentren en la vida con personas que los escuchen, que los acompañen, que les enseñen a disfrutar de la vida, sintiéndose protegidos, favoreciendo su autoestima, ayudándoles a crecer y enseñándoles a convertir en palabras los sentimientos.

Finalizo rindiendo un homenaje a esos padres, maestros, profesores, educadores, abuelos, vecinos, personas en general, que con paciencia infinita saben estar cercanos a estos chicos y chicas, saben “perder tiempo” jugando con ellos, personas a los que apenas nadie valora, pero que son grandes porque saben respetar, cuidar y hacer felices a nuestros muchachos.




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