Los cuatro pilares en los que baso mi labor educativa

Pilar Lance Albajar. Educadora social y directora de la Plataforma Social de Salesians Sant Jordi-Lleida.

Hace veinticuatro años que me inicié en el mundo de la Educación Social, si bien es cierto que soy de las que formamos parte de la tercera promoción de mi Facultad, también es cierto que el mundo social corre por mis venas desde mucho antes que iniciara la carrera. Imagino que si no hubiera sido así, si desde pequeña mi madre no me hubiera incluido en sus voluntariados, hoy yo no sería educadora. El tiempo y la experiencia me han ayudado a confirmar y entender mi propia vocación desde diferentes vertientes y a ir profundizando en cada una de ellas.

Veinticuatro años de experiencia educativa con la infancia, adolescencia y algún que otro adulto, dan para poder reflexionar sobre cómo sobrevivir ante tanto dolor, injusticia, desconsuelo, esperanzas truncadas… sin desmontarte, y es que si algo se aprende en este mundo social es que:

  • No trabajas con el fracaso sino con la oportunidad de posibilitar pequeños cambios a través de experiencias diferentes que reestructuran y ordenan a las personas.
  • Los “superman” y las “superwoman” no existen, tú eres un simple instrumento más en la vida de las personas que se te confían y un día desaparecerás sin más, así que ¡¡deja buena huella!!I El éxito o el fracaso de las personas con las que trabajas no es tuyo, es de ellas, porque cada una es “responsable” de sus decisiones, aunque éstas no sean las que tú hubieras escogido jamás. Tú sólo puedes estar, si te dejan, para recogerlas de las caídas, felicitarlas en sus éxitos o permanecer al lado ante sus dudas e incertezas.
  • Nunca sabrás lo suficiente como para poder comprender la mente humana y atender las necesidades continuas y cambiantes de las personas, porque la genialidad del progreso supone también complejidad en el comportamiento humano. Porque a veces la esperanza en la posibilidad de cambio de otra persona es lo único que te queda para sobrevivir a la realidad, que muchas veces supera la ficción. Por eso mi labor educativa procuro afianzarla en cuatro pilares básicos: coherencia, respeto, cuidado y acompañamiento.

COHERENCIA: porque es la base para que cualquier relación funcione, para que se dé la confianza entre las personas y se cree el vínculo, ese que tanto apreciamos los educadores/as. Cuanto más auténtica eres, más real y menos perfecta; más alcanzable, mejor referente, más confiable y con más autoridad. La autoridad no la tienes por el hecho de ser educadora, sino que son los niños, jóvenes, familias, compañeros, y jefes, quienes te la otorgan. Realmente lo que te hace ser una buena educadora es tu credibilidad como persona. Coherente en tus palabras y tus hechos, auténtica, con tus virtudes y desaciertos, pero la mejor versión de ti misma.

RESPETO: hacia la historia de los chicos y chicas con los que trabajamos, a sus ritmos y procesos y al de sus familias, que a veces no pueden hacerlo mejor porque no saben o porque no pueden. A veces es necesario poder ponerse un ratito en los pies del otro para entender que éste no puede ver la vida desde el mismo prisma que lo vemos los profesionales. Porque su mundo, sus creencias, sus valores, les condicionan de tal forma que lo que les “vendemos” no encaja en sus estructuras y formas de hacer, pensar y vivir. Eso no significa aceptar y resignarse, sino cambiar la mirada y estrategia para conseguir mejores resultados. Respeto también, cuando nos despedimos de un trabajo para conseguir otro mejor, hay que recordar que no sólo dejamos una empresa, también dejamos atrás a unas personas que se nos han confiado y que han confiado. Por lo tanto merecen poder despedirse bien para poder seguir confiando. Y respeto también hacia una misma, porque aunque estamos para ayudar, facilitar y ponernos al “servicio” de otra persona, también tenemos que procurar respetar nuestros tiempos de descanso, de ocio, de oxigenación mental, de disfrute familiar.

CUIDADO: no sólo aquel que tenemos al tratar al otro, que es básico en nuestro ejercicio profesional, sino el personal. Eso que tanto reclamamos en los cursos de “quién cuida al cuidador” y al que tanto miedo tenemos todos porque enfrentarnos a nosotros mismos nos da pánico. Pero luego me quejo de que mí tutorando no se abre y no confía en mí, no me hace caso, no se deja ayudar. Todas estas quejas generan en mi frustración, el famoso “burn out”, depresiones, estrés, cansancio, cambios continuos de trabajo, insatisfacción personal. Pero quizás, antes de llegar a este punto, sería interesante preguntarse si realmente: ¿yo me dejo ayudar?, ¿sé pedir ayuda?, ¿me pongo metas y las consigo?, ¿cómo manejo la tolerancia a la frustración?, ¿soy conformista o exigente?, ¿estoy comprometida conmigo misma?, ¿cuáles son mis valores más profundos?, ¿cuál es mi proyecto de vida?, ¿qué sentido tiene o le doy a mi vida? Preguntas que seguro que hacemos a nuestros jóvenes pero que muchas veces no nos las hemos sabido contestar de verdad a nosotros mismos. O si una vez lo hicimos y quedamos satisfechos con las respuestas, no acostumbramos a recordar que la vida cambia, las situaciones evolucionan y se requiere de nuevo plantearlas.

ACOMPAÑAMIENTO: si no somos capaces de ponernos delante de otros profesionales siendo quienes realmente somos y no lo que quisiéramos ser o aparentamos ser. Jamás entenderemos lo difícil que es hacer el proceso de quererse uno mismo, de aceptarse, releer tu historia en clave positiva y escoger de verdad aquello que te hace feliz, que no siempre es aquello que siempre te ha apetecido hacer y no has podido. Sabemos que solos vamos más deprisa, pero como dice el proverbio chino, “acompañados llegamos más lejos”. somos más capaces de valorar el camino, el esfuerzo, las personas… Dejarse acompañar y sentirse plenamente acompañado es lo que realmente hace que tu profesión tenga sentido y que tu esfuerzo merezca la pena.

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