Migraciones, una perspectiva desde la fe

Antonio Jiménez Ortiz. Centro Nacional Salesiano de Pastoral Juvenil.

Las migraciones constituyen un fenómeno global y complejo, sin el cual no es posible comprender la historia de la humanidad desde sus inicios más remotos.

Las migraciones han sido decisivas para la evolución humana. La visión simplista de una evolución lineal, que tiene su origen en África y que se expande más allá con una única salida del ser humano moderno, ha dejado paso a una imagen compleja de múltiples migraciones, dentro y fuera de África. Las migraciones y el mestizaje han sido los grandes motores del progreso de la humanidad, con sus luces y con sus sombras.

Las migraciones, durante milenios, han conformado nuestros actuales contextos culturales y sociales, nuestros horizontes de pensamiento, nuestras jerarquías de valores, nuestras tradiciones religiosas.

Las migraciones en las raíces del AT y NT

Dt 26, 5: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí como emigrante, con pocas personas (…)”

Hch 18, 1-2: “Después de esto Pablo dejó Atenas y se fue a Corinto. Allí encontró a un tal Aquila, judío natural del Ponto, y a su mujer, Priscila; habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había decretado que todos los judíos abandonasen Roma. Se juntó con ellos (…)”

Caminar desde una sociedad multicultural hacia una sociedad de horizonte intercultural

En las próximas décadas el gran reto de nuestras sociedades europeas será el paso desde el inevitable multiculturalismo a la realidad compleja de la interculturalidad. ¿Cómo podremos lograr que la yuxtaposición y la fragmentación social, que provoca el multiculturalismo, desemboquen en una situación intercultural? Más allá de la simple coexistencia, la interculturalidad busca la reciprocidad, que supera las exigencias de una tolerancia pasiva, empeñándose en los diversos ámbitos sociales en la promoción del diálogo y de la solidaridad mutua.  La interculturalidad ha de plantearse como encuentro enriquecedor desde la diversidad y la confianza:

  • tendiendo puentes,
  • creando un suelo común para la dignidad de la persona,
  • alentando compromisos.

El peligro del fundamentalismo

Las inmigraciones pueden provocar confusión en la sociedad. Crece el pluralismo y aumenta la complejidad. Los que llegan pueden ser considerados como una amenaza para la estabilidad social y para el futuro de la propia nación. Ante esto, una identidad débil puede sentirse provocada. Tiene miedo a un posible fracaso existencial por culpa de los otros, que no son de los nuestros. Y se busca seguridad a cualquier precio, con una simplificación de los acontecimientos.Estamos así a las puertas del fundamentalismo. Este proporciona un marco de referencia sólido y seguro, con pocos principios indiscutibles, en el que los individuos se sienten aliviados de sus angustias, protegidos frente a la duda y a la inseguridad, con metas definidas y claras que alientan su esperanza y aplacan sus ansias.

La actitud fundamentalista implica: – carencia de flexibilidad, – visión mutilada de la realidad, – poca capacidad de empatía, – miedo a los cambios sociales y culturales, – inquietud ante la posible pérdida de sus referentes simbólicos, de su jerarquía de valores.

La mentalidad fundamentalista surge de la incapacidad para aceptar los desafíos y conflictos de la vida personal y social, y de la imposibilidad psicológica de elaborarlos de una forma constructiva. La compulsión fundamentalista hunde sus raíces en esa sensación de incapacidad y de callejón sin salida, en la angustia de verse ante un horizonte incomprensible, bajo la sombra de peligros que podrían resquebrajar los fundamentos. El presente se vive como amenaza, el futuro como incertidumbre y riesgo, y solo en un pasado manipulado y enaltecido encuentra el fundamentalista seguridad y luz en el refugio de algo, que se cree absoluto y definitivo.La actitud frente al entorno social y cultural es de sospecha, de distanciamiento hostil, de exclusión de lo ajeno y extraño desde la rigidez mental, desde la intolerancia, desde el rechazo visceral a toda forma de pluralismo que se identifica, sin más, como relativismo.Se renuncia a todo intento de interpretación y de comprensión, que son consideradas como peligrosas vías de contagio.

Frente al riesgo del fundamentalismo, aprender a acoger al extraño

La experiencia de lo extraño pertenece a la condición humana. Lo extraño surge ante el sujeto como algo ambivalente: como amenaza, porque se percibe como una realidad hostil; y como algo fascinante, porque lo extraño esconde posibilidades, que van más allá de los propios límites. El trato con lo extraño puede aprenderse. La xenofobia no es algo inevitable.Es posible aprender a comprender lo diverso y singular, porque en lo más profundo de nosotros mismos, de toda sociedad y de toda cultura hay herramientas de “traducción” y de “interpretación”. Sin ellas no sería posible la vida, que nace y crece siempre ante lo extraño. El encuentro con lo otro, con el otro diverso y distinto, puede ser experimentado como fuente de luz y de sentido. En el descubrimiento y aceptación de un tú, en la reciprocidad de encuentros personales el sentido de la vida va brotando e iluminando nuestra interioridad. Abrirse a la alteridad es camino obligado hacia el desvelamiento del sentido. Pero en tiempos de narcisismo la alteridad, los otros y sus demandas, los extraños, desaparecen con frecuencia del entorno psicológico y solo queda el yo en su salón de espejos. Cuando los demás son vistos desde la distancia o desde la sospecha, el individuo se hace consciente de la alteridad como negación: realidad extraña, ajena, antagonista, contemplada a lo más desde la indiferencia.

¿Cómo educar para el reconocimiento y aceptación de la alteridad?

Quizá por los caminos de la soledad y del sufrimiento. La soledad puede ser experimentada como metáfora del absurdo de la vida, cuando olvidamos que vivir es convivir, que soy yo por los otros, que sin ellos no es posible el diálogo de la existencia. Si percibo la alteridad como amenaza, entonces la soledad solo es vacío.Sin la alteridad no florece la vida, ni el sentido, ni la aceptación del propio yo, ni el amor, que no puede prescindir del encuentro personal, del dar y del recibir. La otra posibilidad para reconocer la alteridad es el sufrimiento. Podemos intentar aislarnos, recrear un mundo a nuestra medida, pero tarde o temprano nos toparemos con la experiencia del dolor, que derrumba nuestro castillo de naipes. El otro, el extraño que sufre, apela a mi sensibilidad, se hace palabra que perfora los muros de la distancia, de la indiferencia. Golpea mi conciencia y me exige respuesta. No es cuestión de simpatía. Es la sensación sorprendente de que ese rostro, a pesar de las diferencias evidentes, pertenece también a mi mundo interior, porque en su humanidad me reflejo como ser finito, frágil, vulnerable a la búsqueda también de un sentido y de una esperanza. Y nace en mí la compasión como reconocimiento, como responsabilidad, como compromiso que ofrece consuelo, pero también la superación de las causas y circunstancias que provocan ese sufrimiento.

Ante el desafío de las migraciones: educamos evangelizando, evangelizamos educando.

Ser conscientes de los riesgos de una sociedad multicultural

Fragmentación existencial y social, desconocimiento mutuo, recelos, marginación y exclusión, tentación de fundamentalismo, dificultades en el diálogo cultural y político, tensiones de carácter religioso…

Con la educación hemos de promover con decisión un futuro intercultural por medio de la convivencia, la solidaridad, el reconocimiento y la lealtad recíproca:

  • Educar en el sentido de la ciudadanía: todos iguales en derechos y obligaciones
  • Educar en el respeto, en la acogida incondicional y en la aceptación de las diferencias
  • Educar para la reciprocidad y el encuentro interpersonal y social
  • Educar en la sensibilidad, en la solicitud, en la ternura
  • Y para esto, ¿qué tipo de educadores necesitamos?

El planteamiento de la evangelización en el camino hacia la interculturalidad

  • Proyectar la evangelización desde la propuesta de 1 Pe 3, 14-16: “(…) no les tengáis miedo ni os amedrentéis. Más bien, glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia (…)”.
  • Estar atentos a las seducciones de la indiferencia y del relativismo como consecuencias de una sociedad multicultural.
  • Renunciar a todo tipo de proselitismo, en la actitud y en los medios de la evangelización: hemos de promover las relaciones ecuménicas y el diálogo interreligioso.
  • Prestar atención a la jerarquía de verdades de forma que el contenido de la fe, que queremos transmitir, esté bien estructurado en su relación con el centro de la fe.
  • Purificar la imagen de Dios desde la experiencia creyente de Jesús, evitando espiritualismos vacíos y tentaciones panteístas.
  • Anunciar con decisión y coherencia el núcleo trinitario de la fe: la misericordia de Dios Padre, revelada en Jesús el Cristo como salvación, por la fuerza del Espíritu.
  • Iluminar con sentido y justificar con claridad lo específicamente cristiano: Jesús el Cristo, Hijo único del Padre.
  • Articular bien la experiencia de la fe: esta ha de convertirse en una convicción, enraizada en las entrañas de la afectividad, que estructura la interioridad del sujeto, y que implica una coherencia ineludible, que pueda sostener un testimonio creíble.
  • Fundamentar la oración cristiana en una experiencia de amor entrañable, evitando confusiones gnósticas y vaciamientos del Tú de Dios: “Tú eres mi Dios”.
  • Iluminar la realidad de la Iglesia como sacramento de la salvación de Cristo en la historia, al servicio, sobre todo, de los que buscan justicia, sentido, esperanza, sin olvidar que la Iglesia es santa (por el amor del Espíritu) y pecadora (por los hipócritas, inicuos y perversos que en ella se esconden).
  • Tener muy presente las claves de la inculturación de la fe y de la evangelización de la cultura, adecuando los procesos pastorales para responder también, desde la fe, a situaciones de vulnerabilidad y exclusión, curando heridas, orientando y acompañando, con solicitud y respeto.

Conclusión

Emaús ilumina las tareas para todos, para ellos y para nosotros, recíprocamente, porque todos somos emigrantes:

  1. Acompañar – escuchar.
  2. Compartir – iluminar.
  3. Comprometerse – transformar.

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