Mujeres rurales

Beatriz Gutiérrez Cabezas. Educadora de la Fundación JuanSoñador. León

Desde hace algún tiempo, cada martes por la tarde lo paso con cuatro mujeres. Nos juntamos para cantar, merendar y alimentar el alma. Mis amigas están vinculadas directamente al mundo rural, viven o han vivido en el pueblo y cada una tiene su historia. Ayer fue el día internacional de la mujer rural y entre café, canciones y bizcocho charlamos sobre lo que esto significa para cada una.

“En mi caso, irme a vivir a un pueblo responde al sueño por volver al mundo que conocí en los veranos de la infancia, al mundo del patio, del huerto, de los animales, de la naturaleza… persiguiendo esa sensación de sentirme viva, acabé restaurando una casa con mi pareja y viviendo en un pequeño pueblo que apenas llega a los cien habitantes. Además, desde hace un par de años puedo trabajar allí mismo como educadora infantil”.

“Yo nací en el pueblo y hoy en día sigo viviendo allí, nunca me he alejado demasiado de mi pueblín. No concibo la vida de otra manera, vivo en el pueblo y disfruto de él; trabajo a cinco minutos en coche de mi casa y me siento privilegiada ya que siempre tuve claro que quería vivir así, sin la vorágine que existe en las poblaciones más grandes. Me gusta esta vida tal cual, disfrutar de la gente, del monte, poder salir en camisón a la calle…”.

“Mi historia comienza en un pueblo grande, luego viví en la ciudad y desde hace cinco años vivo en un pueblo muy pequeñín. Tengo claro que la manera en la que quiero vivir solo puedo llevarla a cabo en el mundo rural; considero que hay más calidad de vida, puedo vivir de una manera más sostenible y respetuosa para el planeta, producirme parte de mi alimentación…”.

“Yo viví en el pueblo hasta los veinte años. Dentro del éxodo que hubo en los años sesenta hacia las ciudades, mis padres se quedaron y allí nací yo, en el medio rural, en la agricultura y la ganadería entendida como medio de supervivencia, en un espacio de comunidad entendida en el más amplio sentido de esta palabra”.

“Si pensamos en cómo vivíamos en el pueblo hace treinta años a cómo vivimos ahora, estamos de acuerdo que muchas cosas han cambiado y coincidimos en que no podemos entender el concepto de medio rural sin la mujer. Aunque actualmente de alguna manera podamos seguir llevando el peso de la casa y siendo el núcleo que aporta comunidad, poco a poco se va rompiendo esa invisibilidad en la sobrecarga de trabajo y falta de cuidado para con nosotras mismas. La mujer cuidaba a la familia y sustentaba la casa, además trabajaba en la tierra y con los animales, no se permitía momentos lúdicos que el hombre sí. A pesar de esto, quedan pasos por dar en este sentido facilitando desde ese cuidado mediante por ejemplo ayudas a la dependencia, hasta la participación más activa en la vida política.

Sigue habiendo comentarios cuando eres tú la que vas a por la leña, cuando el que se encarga de las tareas del hogar es el hombre, cuando te ven desbrozar o coger la guadaña…

Aún con muchos pasos que dar, el medio rural nos aporta esa posibilidad de espacio para el desarrollo del concepto de comunidad a nivel social, familiar, laboral… la posibilidad de organizar las responsabilidades con más libertad y compartirlas. Poder jugar en la plaza sintiéndote cuidada por todo el mundo, el sentimiento de libertad, tranquilidad, la riqueza que aporta la mezcla intergeneracional… Me llama la atención cuando la gente pregunta si no nos aburrimos en invierno. En el pueblo no nos aburrimos ni en invierno, ni en verano, ni nunca; tenemos la huerta, los bichines, la leña… no hay tiempo de aburrirse. Viviendo en el pueblo tienes una familia muy grande, una familia que te cuida y está pendiente de ti, aunque algunas veces te reste intimidad y se convierta en un sentimiento encontrado.

Por otra parte es importante hablar de lo difícil que es a día de hoy poder vivir del mundo rural y especialmente del sector primario. Estamos en un sistema inviable para el pequeño productor. La vida en el campo, hoy entendida como tradicional, como modo de subsistencia unifamiliar o cooperativa, es prácticamente imposible, la industria agroalimentaria no lo permite, el sistema económico está planificado de tal forma que no hay hueco para los pequeños productores, agricultores y ganaderos. Sería importante facilitar las cosas para que la gente pudiera trabajar en los pueblos, fomentando la empresa pequeña, poder montar una quesería, poner un bar, una fábrica de conservas… sin volverte loco y con las mismas exigencias que se le marcan a una multinacional o a negocios que mueven mucho más dinero. Son necesarias ayudas reales y con continuidad en el tiempo que eviten la despoblación.

Aunque nos gustan nuestros pueblos pequeños y sin la vorágine que existe en la ciudad, es necesario facilitar ciertos servicios; que venga el médico, un buen sistema de transporte público, contenedores de reciclaje que pagamos en la factura y no tenemos, que llegue el panadero, tener un punto de encuentro y reunión como un bar o un teleclub donde poder hacer pueblo, hacer comunidad. Es necesario también, llevar la cultura a los pueblos, que haya actividades, no queremos que nuestros pueblos se conviertan en lugares donde hay casas en las que vive gente que no se conoce. ¡Queremos pueblos vivos y nos negamos a verlos morir! No queremos sentirnos aisladas, ni inferiores, queremos que se valore el patrimonio cultural que el mundo rural posee.

Seguiremos apostando por esta filosofía de menos es más, del no consumir de manera voraz que todo depreda. Queremos envejecer en nuestros pueblos, sintiendo las estaciones pasar, sentirnos vivas y contribuir a que este paraíso, que es el mundo rural, también lo esté”.

Después de esa merienda de martes en la que acabamos con el café y el bizcocho, me doy cuenta que aunque el papel de la mujer en el mundo rural haya avanzado hacía la igualdad hay aún muchas luchas abiertas, no solo con respecto a la mujer, sino con el propio papel que juega el mundo rural en la vida económica, social y política, donde parece que en algunos aspectos en lugar de avanzar, da la impresión de haber retrocedido.

Gracias Mónica, Raquel, Cristina y Soraya.

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