Que no haya sido en vano

Miguel Ángel Vázquez. Periodista y poeta.

Cuanto más nos alejamos de los meses del confinamiento más parecen diluirse los discursos que nos decían que el mundo que quedase tras la pandemia iba a ser necesariamente mejor, más empático. Sin embargo, tanto el altísimo número de víctimas mortales a lo largo del planeta como el esfuerzo de todas las personas que han dado el máximo de sí para contener el virus y el colapso exigen que todo esto no haya sido en vano.

Un día nos dijeron que tendríamos que estar 15 días confinados en nuestras casas y hoy, 8 meses después, es obligatorio el uso de mascarilla, se ha instaurado una distancia física obligatoria —la social lleva años en vigor— y el miedo a un nuevo estado de alarma pende, afilado, sobre nuestras cabezas. Todo ha cambiado de golpe mientras flotamos en esta nueva normalidad que se diría nueva irrealidad.

Sin embargo, mientras nos hacemos a esta nueva irrealidad y nos negamos a que se convierta en normalidad, sigue latiendo en algún rincón íntimo una de las emociones principales del encierro: «todo irá bien», «tenemos la oportunidad de reconstruir el mundo». Pero, ¿es posible?

Para analizarlo me basaré —qué remedio— en mi propia experiencia y en el conjunto de reflexiones que unas cuantas personas quisimos plasmar en la ‘Guía de preguntas para construir otro mundo posible tras el COVID-19’, editada por La Imprenta y de libre acceso en su página web.

¿Ha ido todo bien?

Nos preguntamos si es posible otro mundo y lo hacemos en un momento muy concreto de la historia: todavía en medio de la mayor pandemia en un siglo, con un mundo en shock y un escenario de futuro profundamente incierto. Mientras que el sistema nos preparaba para vivir en medio de la certeza y la estabilidad, la vida nos ha llenado, de pronto, de incertidumbre. Se dijo que esta podía ser la oportunidad para cambiarlo todo. Hay quienes afirmaron incluso que saldríamos mejores de esto, que ya nada volvería a ser igual pero lo cierto es que, hoy por hoy, es muy difícil saberlo. En cualquier caso, hablar de oportunidad cuando la enfermedad ha causado 29.699 muertos en nuestro país y 905.000 en todo el mundo, con miles de familias empobrecidas viviendo más al límite todavía, nos tiene que llevar a hacerlo con profunda responsabilidad, respeto y precaución.

29.699 muertos por coronavirus en España. Más de 905.000 en todo el mundo. Números que hablan de personas que han recibido la muerte en soledad, como en soledad han tenido que despedirles sus familiares y seres queridos. Más allá de las consecuencias que esto pueda tener para la salud mental a corto plazo de un número importante de la población, el coronavirus ha supuesto un brusco impacto con la asunción de nuestra propia vulnerabilidad. Vulnerabilidad como individuos, vulnerabilidad como sociedad y vulnerabilidad como especie. Una vulnerabilidad que nos hace sentir frágiles y, al mismo tiempo, interdependientes. Nunca como ahora en mucho tiempo habíamos sido tan conscientes de lo que dependemos del otro para nuestra propia supervivencia.

En medio de todo este escenario imprevisible, lo que sí que podemos afirmar es que el coronavirus no será quien termine con este sistema depredador. Ninguna institución ha caído por esto y ninguna de las medidas aplicadas sobrepasa los límites de lo ya conocido. Tendremos que ser, en todo caso, nosotras y nosotros organizándonos y cuestionándonos, creando redes y lazos de afectos y cuidados, quienes lo hagamos. Tenemos que hacerlo, además, para que esta inesperada tragedia no haya sido en vano. No puede seguir todo igual porque habríamos perdido la oportunidad de un aprendizaje vital. Hay que recordarlo como un mantra: que no haya sido en vano.

Lo hemos leído: no se trata de volver a la normalidad, ya que esa normalidad era precisamente el problema. Una normalidad que estaba hecha de desigualdad, consumismo, individualismo, explotación de los países del sur global, quema de combustibles fósiles y una irreal sensación de invulnerabilidad como especie.

Sin embargo, hablemos mejor de nuevas normalidades, ya que no hay una única nueva normalidad en el horizonte. Son muchas las normalidades a las que podemos llegar, unas esperanzadoras y otras profundamente monstruosas. Estamos a tiempo de preguntarnos para poder elegir.

Una inesperada empatía

A lo largo de los días de confinamiento tuvimos la oportunidad de vivir muchas experiencias y emociones comunes. Experiencias que, de algún modo, han generado una suerte de empatía global —con todos los matices que quiera ponérsele a esta afirmación—. Los aplausos desde los balcones, una inesperada sensación de comunidad con un vecindario desconocido hasta el encierro, o la vivencia del agradecimiento en medio de una sensación de profunda interdependencia nos han hecho sentir conectados. Como si todo un mundo estuviera a una enfrentándose a un reto común.

El humus para generar tejido vecinal y comunitario ha estado presente desde el comienzo del confinamiento. En concreto en nuestro país no tardamos ni 24 horas una vez declarado el estado de alarma en salir a nuestros balcones para aplaudir a nuestro personal sanitario. Allí nos encontramos cara a cara con nuestros vecinos y nuestras vecinas y, aunque no tiene sentido generalizar una experiencia tan amplia, en la mayoría de los casos se han generado relaciones de cercanía que previamente eran completamente impensables. Uno de los retos de esta nueva normalidad, en lo que a la ciudadanía respecta, consiste en mantener esos lazos y fortalecerlos. Hacer de una experiencia concreta muy intensa el germen de la organización de los cuidados en los barrios.

De algún modo hemos tenido la oportunidad de aprender a cuidar mejor mientras el mundo se caía. Aprender a amar bien en medio de tanto dolor. Según el informe realizado por El Departamento, basado en una entrevista online realizada a 1.023 personas en España del 6 al 8 de abril de este año, en pleno confinamiento, 9 de cada 10 encuestados creían que esta situación cambiaría nuestras vidas. El 84% del total pensaba además que, de algún modo, todo saldría bien.

Si es cierto que la realidad puede construirse y es una mayoría la que quiere y ve posible un mundo nuevo, ¿por qué no lanzarse a construirlo o, al menos, a comenzar a soñarlo? ¿Por qué no empezar justo ahora, que aún podemos aprovechar esa emoción colectiva, esa empatía hacia lo común y lo que sostiene la vida?

Sin embargo, al mismo tiempo que esto sucedía, no han sido pocas las campañas que buscaban intencionadamente la división y la ruptura de estos incipientes lazos. Desde unos claros —y lamentables— intereses políticos, se ha enturbiado el ambiente comenzando por las redes sociales y los grupos de WhatsApp y continuando por unas instituciones ya desatadas en el virulento barro habitual. Convivieron al mismo tiempo y de manera compleja esa sensación de comunidad, de empatía con respecto al vecino, con una polarización cada vez mayor. Las caceroladas convocadas a la misma hora del aplauso sanitario fueron, quizá, una de las gotas que colmasen el vaso.

Mientras tanto, en el plano internacional, lo que parecía una ocasión única para unir fuerzas y funcionar como un único mundo, lo ha sido para el pillaje y la competición más absurda. A las escenas de piratería moderna para robarse entre países las mascarillas en las propias pistas de los aeropuertos se han sumado los gestos de bajísima solidaridad en el seno de la Unión Europea o la salida de Estados Unidos de la OMS en plena pandemia. El virus no entendía de fronteras, pero los gobiernos ya solo entienden el mundo desde ellas.

Siglo de retos

Decimos que estamos en medio de un momento histórico, atravesados por la pandemia, pero no es el único que estamos viviendo. No podemos obviar que esta crisis del coronavirus nos llega superpuesta a una mayor y sobre la que estamos más que avisados: la emergencia climática. Estos meses de descanso que le hemos dado al planeta no pueden relajar una lucha que nos depara, de no atenderlo, un futuro mucho más grave que el confinamiento global vivido. Por no abandonar el ámbito sanitario, ya se habla con bastante evidencia científica de los virus que pueden revivir de seguir derritiéndose el permafrost, los hielos perpetuos de zonas como el Ártico o la Antártida. Virus olvidados por la humanidad que llevan miles de años congelados y que podrían tener consecuencias devastadoras —lo estamos viendo—. Si llega a pasar no valdrá la excusa utilizada por los distintos gobiernos cuando afirmaban que «no estábamos avisados ni preparados».

Aparte, la crisis por la que hacemos pasar a miles de personas migrantes sigue siendo la mayor emergencia humanitaria desde la II Guerra Mundial. Un número de víctimas que no para de crecer y que seguirá haciéndolo de no poner medidas que se basen en la solidaridad y no en la securitización y el odio. No todas las cuarentenas fueron iguales y merece la pena tenerlo en cuenta. Piensen en cómo seguir las indicaciones sanitarias en un campo de refugiados hoy. Piensen también en las personas en situación de exclusión, sin hogar ni recursos, en los que no tienen donde confinarse en tiempos del confinamiento.

Quizá, en medio de este siglo de retos, resulte interesante enfocarnos en quienes han pasado por las pandemias ignoradas por el mundo globalizado. Los que sobrevivieron al ébola en África, los que sobreviven al dengue en Centroamérica. Aquellos que rozaron levemente la sensibilidad de un Occidente que se creía invulnerable y hoy se ve en las mismas —con muchísima mayor atención mediática—.

Mirada desde las personas excluidas

Vamos a posar ahora la mirada en tres de los colectivos que se han visto afectados de manera especial durante el pasado confinamiento. Lo haremos por no perder esa empatía y por ampliar la visión algo más allá de nuestra experiencia propia. Cuando, en la ‘Guía de preguntas’ de La Imprenta, se le pregunta a Daniel García, de ATD 4ºMundo, y a la activista María Villarta por las personas en situación de exclusión, nos recuerdan que «al comenzar el confinamiento resonó́ mucho una cuestión: “¿qué hacemos con las personas sin hogar?”. Ellas, que representan la cara más severa de la exclusión social, no podían decir el famoso “yo me quedo en casa”. Se hizo evidente su presencia por una vez, por un momento. Sin embargo, esto dejó de importar a las pocas semanas en cuanto les metieron en pabellones masificados sin que pudieran poner en práctica el distanciamiento social ni el aislamiento recomendado por las autoridades sanitarias, como si fueran ciudadanos de segunda.»

Del mismo modo, recuerdan que «tenemos mucho que aprender de quienes viven en pobreza en relación a la vivienda, a los ingresos, a la solidaridad, a la dignidad. En relación a la situación actual, de incertidumbre constante frente al futuro, quienes han vivido siempre en la pobreza tienen mucho que decir. Especialmente en relación a cómo organizar los recursos de los que disponemos frente a tantas necesidades que surgen desde todos los ámbitos: “Yo sé lo que es vivir al día, enfrentarme a la nevera vacía”. Son expertos en resistencia y en moverse en contextos de distanciamiento social. Es lo que llevan haciendo toda la vida. Por eso su experiencia, conocimiento y cuestionamiento son clave en estos momentos.»

Mirada desde las personas migrantes

Cuando enfocamos la mirada en las personas migrantes que viven en nuestro país, Sani Ladan, también en la ‘Guía de preguntas’, afirma que «esta crisis saca a la luz un tema que incomoda, y del que ningún político quiere hablar: la situación administrativa y la regularización de los inmigrantes; aquellos que, por miedo a ser parados en un posible control policial —tras el estado de alarma decretado—, prefieren estar escondidos, lejos de los invernaderos de Almería y los campos de Lepe, por falta de permiso de residencia. Algunos, cuya situación administrativa permite seguir trabajando, lo hacen exponiéndose al contagio del virus, debido a su pésima condición de trabajo, evidenciando así ́ la precariedad que define su situación en los campos españoles.»

Mirada desde las mujeres

También queremos ampliar la mirada a la vivencia de las mujeres y a las consecuencias que les han afectado de manera especial a lo largo de esta crisis ya que, como recordaba la presidenta de la Fundación Luz Casanova Pepa Moleón en la ‘Guía de preguntas’, «las mujeres asumen la mayor parte de los cuidados en diferentes ámbitos —remunerados y no remunerados—, recibiendo un impacto asimétrico de la crisis. Además, las políticas de confinamiento exacerbaron e invisibilizaron, aún más, la violencia de género. En lo que respecta a la negociación en la casa, las mujeres siguen cargando con el peso de las tareas, no hay reparto equilibrado. Y, por último, hay que destacar la significativa presencia de mujeres profesionales y voluntarias en ámbitos de máxima peligrosidad: sector sanitario y residencias de personas mayores.»

Hacia una fraternidad global

Una de las posibles claves para integrar estas miradas y muchas más en la reconstrucción de otro mundo posible tras el COVID-19 puede pasar por retomar con contundencia el valor de la fraternidad. Decía José Luis Sampedro que «en el llamado mundo occidental se impulsó ciertamente la libertad, pero a costa de una intolerable desigualdad. En el mundo comunista se implantó a gran escala la igualdad, pero a costa de la libertad. Lo que no se ha intentado en serio por ningún sistema es el fomento de la fraternidad o, al menos, de la solidaridad, a pesar de que la técnica moderna ha reducido el planeta a un solo mundo, pequeño navío moviéndose por el espacio». Todo apuntaba a que el siglo XXI iba a ser el momento de impulsar ese sistema, aunque no fuera más que por evitar el colapso al que nos lleva lo contrario.

Sin embargo, en la segunda década del siglo, fuerzas políticas xenófobas de ultraderecha han llegado no solo para hacerse hueco en casi todos los parlamentos, sino para hacerse con el debate público e incluso en algunos países, como Brasil, con el gobierno. Refuerzo de las fronteras nacionales, despertar del nacionalismo más arcaico y miedo al otro traducido en profundo desprecio han llegado para hacerse fuertes sin que haya habido tiempo casi de reaccionar. Temas que eran considerados auténticas líneas rojas hace apenas cinco años como los Derechos Humanos, la lucha contra el machismo o la acogida de personas migrantes vulnerables vuelven a estar en tela de juicio hasta el extremo de tener que argumentar y justificar lo que era más que un consenso social.

No parece un escenario muy halagüeño para que avance ese tercer valor olvidado de la Revolución Francesa como clave para organizarnos a nivel global. Sin embargo, aunque no sea más que como reacción a las consecuencias de la pandemia y por el temor a que se repita, puede que no sea un mal momento para exigir una reforma en profundidad de los organismos internacionales que haga que de verdad nos hagan trabajar todos a una cuando la situación así lo requiera.

Quizá, si hemos aprendido algo de esto en los balcones y somos capaces de mantenerlo en el tiempo y ponerlo en práctica, logremos exigirlo a nivel mundial cuando toque replantear las organizaciones supranacionales que quieran organizar —y reconstruir— el mundo. Quizá la experiencia de la empatía sea el antídoto contra las políticas de miedo y odio de la ultraderecha.

La vida que queremos vivir

Toca, pues, hacer el ejercicio de guardar los aprendizajes y ponerlos en práctica. Ojalá tengamos la fuerza y la clarividencia para hacer de esta pandemia una oportunidad de reinventarlo todo desde los cuidados y los límites del planeta. Es posible si nos organizamos.

Si no pudimos volar en avión, si de pronto tocó cuidar de niños y mayores y si tuvimos que trabajar desde casa, aprovechemos para buscar las ventajas de esto y tratar de seguir así ahora que ha terminado el confinamiento.

Tenemos que intentar no vivir desde el pánico del papel higiénico y las colas de supermercado sino desde la posibilidad de ganar en perspectiva frente a la vida que hemos estado viviendo. Sobre si es la vida que queremos vivir.

Como si hubiera sido una inesperada pausa para privilegiar, en medio del dolor, el tiempo, a nuestra gente y la vida. Y decrecer algo, alguito.

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