En las raíces de la UE

Ángel Miranda – Director de la Obra Salesianos-Pamplona

El viernes 24 de marzo de 2017, víspera del 60ª aniversario de la firma del Tratado de Roma, de fundación de la CEE, el papa Francisco en un encuentro con los 27 jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros de la Unión y los representantes de las instituciones europeas, asumiendo el papel de líder mundial –y no solo religioso–, pronunció un discurso haciéndose eco del momento fundacional de la UE. En él recordaba los motivos de aquella voluntad común y, desde ahí, alentó a los dirigentes a seguir construyendo una “comunidad de personas y de pueblos”. Nos hacemos eco de aquel discurso en el marco de la reflexión de En la Calle sobre la fraternidad en Europa, hoy totalmente zarandeada por la guerra en sus fronteras.

Volver a Roma sesenta años más tarde no puede ser sólo un viaje al pasado, sino deseo de redescubrir la memoria viva de ese evento, comprender su importancia en el presente, conocer bien los desafíos de entonces y hacer frente a los de hoy y a los del futuro. No podemos entender nuestra época olvidando el pasado, la savia vital que irriga el presente. Sin esa conciencia la realidad pierde su unidad, la historia su hilo lógico y la humanidad pierde el sentido de sus actos y la dirección de su futuro. Aquel 25 de marzo de 1957 fue un día cargado de expectación y esperanzas, entusiasmos y emociones por un acontecimiento excepcional, por su alcance y sus consecuencias históricas. Era una fecha única en la historia, una fecha unida a las esperanzas y expectativas actuales de los pueblos europeos que hoy necesitan discernir el presente para continuar con renovado vigor y confianza el camino entonces comenzado.

EL SENTIR DE LOS FUNDADORES

Muy conscientes de ello, los Padres fundadores y los líderes al poner su firma en los dos Tratados, dieron vida a una realidad política, económica, cultural, pero sobre todo humana, que hoy llamamos la Unión Europea. En palabras del Ministro belga de Asuntos Exteriores, Spaak, «el bienestar material de nuestros pueblos, la expansión de nuestras economías, el progreso social, unas posibilidades comerciales e industriales totalmente nuevas, pero, sobre todo, de una concepción de la vida a medida del hombre, fraterna y justa».

Tras los años oscuros y sangrientos de la Segunda Guerra Mundial, aquellos líderes tuvieron fe en las posibilidades de un futuro mejor, «no pecaron de falta de audacia y no actuaron demasiado tarde. El recuerdo de las desgracias del pasado y de sus propias culpas parece que les ha inspirado y les ha dado el valor para olvidar viejos enfrentamientos y pensar y actuar de una manera totalmente nueva para lograr la más importante transformación de Europa».

Ellos nos recuerdan que Europa no es un conjunto de normas que cumplir. Es una vida, una manera de concebir la persona humana a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar. El origen de la idea de Europa es «la figura y la responsabilidad de la persona humana con su fermento de fraternidad evangélica, con su deseo de verdad y de justicia aquilatado a través de una experiencia milenaria».

Desde el principio estaba claro que el corazón palpitante del proyecto político europeo sólo podía ser la persona humana, y que, frente al peligro de que los Tratados quedaran en letra muerta, había que llenarlos de un espíritu de solidaridad que les diese vida. «La CEE –declaró el Primer Ministro de Luxemburgo Bech– sólo vivirá y tendrá éxito si, durante su existencia, se mantiene fiel al espíritu de solidaridad europea que la creó y si la voluntad común de la Europa en gestación es más fuerte que las voluntades nacionales». Un espíritu especialmente necesario ahora, para hacer frente a las fuerzas centrífugas o al afán de reducir los ideales fundacionales de la UE a las exigencias productivas, económicas y financieras.

Sin embargo, se ha perdido, quizás, la memoria de aquel esfuerzo y la conciencia del drama de las familias separadas, de la pobreza y la miseria que provocó aquella división. Hoy, cuando desde generaciones se viene aspirando a ver caer los signos de una enemistad forzada, estamos discutiendo sobre cómo eliminar los «peligros» de nuestro tiempo patentes en la larga columna de mujeres, hombres y niños que huyen de la guerra y de la pobreza en busca de futuro para ellos y sus seres queridos.

A menudo olvidamos, también, otra gran conquista actual, fruto de la solidaridad sancionada aquel 25 de marzo: disfrutamos del tiempo de paz más largo de los últimos siglos. «Pueblos que históricamente se han encontrado con frecuencia en frentes opuestos, combatiendo unos contra otros, ahora se ven unidos por la riqueza de sus peculiaridades nacionales» gracias a una paz construida siempre con la aportación libre y consciente de cada uno. Sin embargo, cuando «para muchos la paz es de alguna manera un bien que se da por descontado» corremos el peligro de banalizarla y llegar a considerarla superflua, cuando en realidad es un bien tan valioso y esencial que, sin ella, no habrá futuro para nadie, y se terminará por «vivir al día».

INTERPELACIONES DESDE EL PASADO

Debemos dejarnos interpelar por aquellos Padres de Europa, por la actualidad de su pensamiento, por el apasionado compromiso en favor del bien común que los caraterizaron, por la convicción de formar parte de una obra más grande que sus propias personas y por la amplitud del ideal que los animaba. Dejarnos interpelar por personas cuyo denominador común era el espíritu de servicio, unido a la pasión política, y a la conciencia de que «en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo», sin el cual los valores occidentales de la dignidad, libertad y justicia resultan incomprensibles.

«En nuestros días ―diría más tarde san Juan Pablo II― el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, el profundo sentido de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan».

¿HOY?

En los últimos sesenta años el mundo ha cambiado mucho. Mientras los Padres fundadores, que habían sobrevivido a un conflicto devastador, animados por la esperanza de un futuro mejor y con voluntad firme, buscaban evitar nuevos conflictos, vemos nuestra época más dominada por el concepto de crisis: económica, de la familia y de los modelos sociales, de las instituciones, de los emigrantes, etc. Crisis que esconden el miedo y la profunda desorientación del hombre contemporáneo y exigen una nueva lectura del futuro.

Pero no. El término «crisis» no tiene por sí mismo una connotación negativa. Habrá que superar malos momentos, cierto, pero por su origen semántico del verbo griego crino (κρίνω), habla de investigar, valorar, juzgar. Nuestras crisis exigen tiempos de discernimiento, de valorar lo esencial y construir sobre ello, es decir, tiempo de desafíos y de oportunidades. En esta perspectiva, evocar las ideas de los Padres sería estéril si no sirviera para indicarnos un camino como estímulo de futuro y fuente de esperanza.

CAMINOS DE ESPERANZA

El camino de la esperanza lo encontramos precisamente en los pilares que fundamentan el proyecto europeo: la centralidad de la persona, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo y la apertura al futuro.

  • Europa encuentra de nuevo esperanza siempre que pone a la persona en el centro y en el corazón de las instituciones y se reconoce como familia de pueblos que nace como unidad de las diferencias y unidad en las diferencias, como armonía de una comunidad.
  • Europa vuelve a encontrar esperanza en la solidaridad, como antídoto más eficaz contra los modernos populismos, en la conciencia de formar parte de un solo cuerpo que implica la capacidad que cada miembro tiene para «simpatizar» con el otro y con el todo.
  • Europa vuelve a encontrar esperanza si no se encierra en el miedo, si abandona falsas seguridades y se abre al mundo con una amplia capacidad de «diálogo como forma de encuentro». Sin una verdadera perspectiva de ideales, acabaremos dominados por el temor de que el otro cambie nuestras costumbres, nos prive de las comodidades adquiridas o ponga de alguna manera en discusión un estilo de vida basado en el bienestar material.
  • Europa vuelve a encontrar esperanza si invierte esfuerzos en el desarrollo y en la paz. El desarrollo abarca a todo el ser humano: la dignidad de su trabajo, las condiciones de vida adecuadas, la posibilidad de acceder a la enseñanza y a los necesarios cuidados médicos. «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz» (Pablo VI).
  • Europa vuelve a encontrar esperanza cuando se abre al futuro, a los jóvenes, ofreciéndoles perspectivas serias de educación e inserción en el mundo del trabajo e invierte en la familia, respeta la conciencia e ideales de sus ciudadanos, garantiza la posibilidad de tener hijos y defiende la vida con toda su sacralidad.

CON HORIZONTES ABIERTOS

La Unión Europea, a diferencia de un ser humano de sesenta años, no tiene ante sí una inevitable vejez, sino la posibilidad de una nueva juventud. Su éxito dependerá de la voluntad de trabajar, una vez más, juntos y del deseo de apostar por el futuro. «A vosotros, como líderes, os corresponde discernir el camino para un nuevo humanismo europeo, hecho de ideales y de concreción». A partir del texto original del papa Francisco.




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