Una mirada de esperanza a Venezuela

Luis Antonio Prieto. Salesiano en Venezuela

Lo que se está viviendo en Venezuela, no es algo que atañe sólo a los venezolanos, es también una realidad que puede orientarnos a todos para prevenir y superar errores que llevan a situaciones como las que les toca vivir a los venezolanos en este momento. Muchos conocen la extraordinaria riqueza de este país de Latinoamérica. No sólo sus riquezas naturales: hierro, oro, petróleo, agua, etc., sino también los valores humanos que lo caracterizan: la hospitalidad, generosidad y magnifica alegría y vitalidad de su pueblo.

La pregunta que todos nos hacemos al conocer lo que sucede en este momento en Venezuela, un tiempo aciago, de miseria, desesperanza y temor para muchos, de desconcierto, incapacidad y frustración para casi todos: ¿Qué está pasando? ¿Por qué se llegó a esta situación?

Es lógico pensar que esto no sucedió espontáneamente, sino que es fruto de años de irresponsabilidad y no saber tener puesta la mirada en el bien de todos, sino de unos pocos. El hecho innegable es que muchos concibieron la esperanza de que se podían hacer las cosas de otra manera y engendrar una patria nueva y buena que atendiera a todos sus hijos y abriera caminos de mayor igualdad, justicia y progreso.

¿En qué nos equivocamos? Hay tantas explicaciones como personas, pero hay elementos tercamente presentes que no pueden ser ignorados y sólo el miedo, la ideologización y la pertinaz incapacidad de querer encontrar un culpable no los permiten tener en cuenta. Algunos elementos, entre otros muchos serían: habernos acostumbrado al discurso de que los otros, entiéndase políticos, gobernantes, etc., son los que nos van a facilitar las cosas; hemos renunciado a nuestra responsabilidad y compromiso en alcanzar los logros que soñamos con responsabilidad y trabajo.
Hemos caído en la trampa de confiar en un populismo que nos prometía el cielo en la tierra a precio de ganga, que solo nos pedía que confiáramos en ellos y por supuesto que, votáramos por ellos.
Desde hace mucho tiempo algunos, los más sabios, nos venían advirtiendo que en la riqueza y en los medios materiales no está el bienestar de los pueblos, que el trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo comunitario orientado al bien común son las herramientas esenciales para caminar por el camino de la justicia, la igualdad y el progreso.

En Venezuela hay, hoy por hoy, dos grupos muy definidos, pero ambos tienen el mismo molde de pensamiento: los culpables son los otros. Por lo general, quitando pequeñas islas, de un lado y de otro, la inmensa mayoría sufre la escasez, que para algunos es hambre; el miedo que produce depresión y angustia; la precariedad del día a día que nos lleva a la inseguridad, no solo en el aspecto más importante de la propia vida por la violencia, la dificultad para cuidar la salud, conseguir trabajo, estabilidad para la convivencia familiar, social y económica, sino también al pánico de que nos van a imponer un modo de vida que no hemos elegido.

¿Qué se está haciendo? Las consignas y promesas se mantienen, los hechos siguen siendo pertinazmente desalentadores. La novedad está en la inmensa cantidad de venezolanos y de residentes que abandonan el país, la continua zozobra de no saber qué nueva estupidez sucederá mañana, el aumento descomunal de la inflación, con la consecuencia de que cada día los precios crecen de tal manera que los productos básicos se hacen más inalcanzables y nos roban no solo la vida sino hasta la oportunidad de poner más empeño en encontrar soluciones.

Permanecen las tácticas de distracción y entretenimiento, amenazas, restricciones, cambios permanentes para permanecer en las parcelas de poder de un lado y de otro. Y todo ello con lenguajes políticos y sociales de enfrentamiento, falta de reconocimiento e incapacidad de encuentro. El deseo de una intervención extranjera, del refuerzo y el apoyo de sus países amigos y con la ilusión del cansancio y agotamiento de los otros, es en lo que muchos han puesto su esperanza.

Mientras tanto el pueblo continuamente se renueva, vence la desesperación, despierta y busca maneras de sobrevivir más allá de las ofertas que le presentan. El pueblo venezolano es recio y fuerte ante la adversidad, es capaz de reinventarse ante la tragedia. Cuando desoye a los líderes y agoreros de falsedades va encontrando caminos de reencuentro, de acompañamiento y apoyo para reconstruir un país que en el fondo sabe que su mayor riqueza es su gente y la generosidad de un Dios que tanto les quiere.

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